Los chanchitos de barro, símbolo de ahorro en otros tiempos, esperaban prolijamente la pincelada con la que Prosperina les iba dando, un toque personal con las iniciales de cada uno de los hijos de Doña Potola. Sofrenó el silbido en la punta de la galería Don Gregorio, no así la chispa de la broma que siempre lleva a flor de labio.
– ¿No son demasiado chicos los lechones para el horno?
Y la broma corrió como un baldazo en la boca del chistoso.
– Usted siempre con alguna broma guaranga, en lugar de ponderar lo lindas que están quedando las alcancías.
– Usted ha perdido el sentido del humor, Prosperina. Así chiquito como las ve, si les habré mandado cuchillo.
– ¡Para sacar las monedas! ¡Lindo ejemplo! Espero que no se lo cuente a los chicos como una gracia.
– Como si usted no hubiera hecho lo mismo para comprar aquellas gallinitas que tenían licor en el vasito que oficiaba de nido.
– De las gallinitas, me contaron. Yo no tengo tantos años.
– Bueno, vamos a dejarlo ahí. ¿La doña?
– En el escritorio. Espere que le aviso.
– Ni que hubiera empezado a trabajar ayer en esta casa. Desde que encaré del galpón hacia la casa que ella sabe que vengo a verla.
– Siga pintando o la va a sorprender la Navidad.  Adelante, no se quede del otro lado de la puerta.
– ¿No le digo? Como para esconderle una malicia. ¿Cómo anda doña?
– ¿Usted cómo amaneció? Después del cimbronazo que le pegó el novillo ayer en los corrales.
– ¿No ve que nada se le escapa?
– Yo no tengo la culpa si entre ustedes se descubren. ¿No habíamos quedado que basta de ponerse a revolear el lazo y recordar viejos tiempos? Nos recuerdan al otro día los años que tenemos los dolores. Dolores. Pronuncie bien claro, no lo vaya a escuchar algún inspector y tenga que empezar a buscar papeles para justificar sus ahorros.
– Escuché en la radio la batalla que hay con los verdes y yo pensaba que en la Capital los persiguen y acá yo me los tomo.
– No es para bromas y está preocupante el tema. Cuando la empiezan a desconfiar, la gente se refugia en otra moneda. Siempre han despreciado al peso. No estoy diciendo que no tengan en el fondo alguna razón. Si hubieran guardado un millón de australes, por ejemplo, cuando valían igual que el dólar, ahora no les alcanzaría para comprar una chanchita de barro y empezar a juntar moneditas. Y el que guardó un millón de dólares, no necesito explicar la sonrisa que tiene en su cara.
– ¿Qué le va a decir a sus nietos que guarden en las alcancías?
– Usted sabe que es un símbolo. Para que la vean todos los días y piensen en el ahorro. Por supuesto en algo que no pierda su valor. Nos han engañado tantas veces con la inflación, que ya es como si nos gustara.
– Recuerdo que con un billete de 100 en la mano doña, no le digo que me sentí un potentado pero, era algo que imponía respeto.
– ¿Y ahora Don Gregorio?
– Ahora… Me la dejó servida y casi, casi, que estoy por pedirle un aumento.