Por Damián Damore. Fotos: Fabián Gastiarena.

 

En 1991, el “Marcelina de Ciriza”, una embarcación interdicta por la Justicia, navegó poco más de seis killómetros sin ningún tripulante hasta encallar justo frente a la rotonda de la avenida Constitución, en el acceso norte de Mar del Plata. El barco, de setenta metros de eslora, se encontraba amarrado en el Espigón 7 del Puerto de esa ciudad. Estaba inactivo. Como en una escena de una película catástrofe, durante una tormenta cortó amarras y terminó cerca de la avenida donde hay discotecas y restaurantes.
Lo bautizaron El Barco Fantasma: se convirtió de inmediato en un atractivo turístico. El mar se encargó de desguazarlo.

Se narraron muchas historias respecto de la forma en que la nave había llegado sola hasta allí. Una decía que el buque había tenido un tripulante: un perro. Según contaban los pescadores habitaba allí y después nunca más fue visto. Los funcionarios dieron a conocer distintas alternativas para retirar la embarcación del lugar. Ninguna fue desarrollada, una parte del casco sigue allí, a metros de la costa.

Dos años más tarde, el fuerte viento del sudeste arrastró hasta Playa Grande al “Polaris”, un potero -así se llaman los pesqueros de calamar- que, dominado por el oleaje no pudo llegar al puerto. Prefectura le avisó ala embarcación que el puerto estaba cerrado. De cincuenta metros de eslora, alertado giró sobre el canal. En esa maniobra el motor aspiró agua y se detuvo. La corriente lo arrastró y quedó varado frente a la playa donde se encontraba el viejo Inidep (Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero), donde hoy se levanta un complejo gastronómico. Se lo extrajo y fue desguazado. Antes de eso, ante la tardanza se habló de instalar una confitería y un restaurante.

Historias extraordinarias. Los libros sobre navíos reunieron estas historias. Entre el cabo de Creus y Gibraltar, a comienzo del siglo XIX se sucedieron los combates de la armada inglesa contra navíos de vela que atravesaban el Mediterráneo, especialmente los franceses, en plena expansión napoleónica. La “Shopie” -corbeta desvencijada al servicio de su majestad-, con sus dos palos, doce cañones y una tripulación que dejaba bastante que desear, pudo escoltar igual a doce barcos mercantes. A bordo también se enfrentaban distintas formas de afrontar la guerra y la vida en el mar. El libro “Capitán de Mar y Guerra”, de Patrick O’Brian nos trasnportó al mundo transparente y hermético de los marinos. En el barco la fe se transforma en disciplina. La religión es una excusa para la rebelión contra la autoridad y las muestras de virilidad ocultan un ansia por la compañía femenina que se descubre en las canciones y en las cartas dirigidas a las amadas. Al capitán Jack Aubrey lo movilizaba el ansia por conseguir botines, al cirujano Maturín le interesaba la ciencia; el impecable oficial Dillons luchaba por honor. ¿Y en Mar del Plata?

Mar de lata. Por el Espigón 7 del puerto caminan Viktor y Grigory, dos marinos de la ex URSS, reconocidos por pulular por los más diversos bares nocturnos desde hace veinte años. Cuando se disolvió la Unión de República Socialistas Soviéticas, en 1991, eran parte de la tripulación del “Lanark II” bajo esa bandera. Por radio se enteraron que no iban a recibir ninguna orden de ese gobierno. De buenas a primeras la URSS no existía más y lo que en el mundo rebotó como una de las caídas más estruendosas -la del comunismo-, para los siete tripulantes fue un despojo similar al que sentía el personaje de Tom Hanks en el film “La Terminal”, curiosamente, también llamado Viktor. Se sintieron apátridas, abandonados y sin respuestas. Están en Mar del Plata integrados a la flota marítima y ahora sí, con todos sus papeles en regla. Optaron por permanecer aquí a diferencia de otros sesenta compañeros de la tripulación, que aceptaron los pasajes que les envió la firma para regresar a tierra.

El “Kronomether” también era un buque de bandera soviética. Fue capturado por fuerzas navales argentinas cuando pescaba en aguas nacionales. Lo derivaron al puerto de Mar del Plata. Como el armador no abonaba la multa pero la tripulación estaba predispuesta a trabajar, se dio forma a una pequeña empresa llamada Acopesca, a la que la justicia habilitó para operar el buque y con lo recaudado saldar aquella deuda. Pero nunca llegaron a navegar: jamás pudieron hacerse de dinero para afrontar gastos previos e imprescindibles, como llevar la embarcación a dique seco y realizar reparaciones. Algunas versiones indican que además de ser pesquero, la embarcación tenía equipamiento para estudios científicos. El Inidep había aceptado subir a sus profesionales y compartir parte de los gastos. Finalmente el “Kronomether” nunca volvió a soltar amarras. La tripulación recibió pasajes para volver a su país y aquí solo quedaron un capitán (que no era el que había traído al buque a puerto sino un relevo) y Anatoly, que oficiaba como sereno y que luego quedó como único ocupante de la nave. Si bien siempre se habló de tres tripulantes que se radicaron en Mar del Plata, sólo quedó Anatoly y otros dos hombres de origen ruso al que él les permitió dormir en el buque, ya que no tenían dónde parar. Al que oficiaba de sereno lo hallaron muerto: flotaba en aguas del puerto.

El que visita el puerto de Mar del Plata y descubre esos barcos en proceso de desguace no puede imaginar el valor de la pérdida de semejantes armatostes. Sin embargo, es otro el cantar. Un ingeniero que prefiere el anonimato le baja el tono a la preocupación. “Las máquinas no valen nada. Lo verdaderamente costoso es el permiso de pesca. Si querés sacar son langostinos tiene un precio alto; si querés sacar calamares, sale mucho más barato. Muchos pesqueros lo hacen sin permiso. Cuando se les incauta la nave, dicen chau. ¿Qué sentido tiene preocuparse por una lata tirada en el agua?”