Por Leandro Vesco / Fotos Juan Carlos Casas

En Mapis no hay luz eléctrica. Cuando el sol se va, el paraje se ilumina con velas. No hay tren. Ni sala de atención médica. La primera escuela de Mapis funcionó en el almacén que hoy atiende la misma familia hace más de 84 años. Don Rodolfo Silvestre, cabal y venerable exponente de una raza de hombres cuya horma la pampa ya extravió, nos recibe con mansedumbre y cierta dosis de sabiduría.

Rodolfo se acoda en el mostrador. Nos mira. Dice: “Ya no hay hombres que tomen ginebra, eso sí que se ha perdido”, dispara. Su hijo, José María, y su nieto, Martiniano, lo ayudan. “El único cazador de la zona soy yo”, advierte el primero. Hay tres generaciones de almaceneros que han decidido, con una tierna y sensible firmeza, permanecer en este puesto que aún conserva ese sentido civilizador y pionero de los años en donde el mapa provincial terminaba aquí nomás, adonde estamos poniendo el pie.

Afortunados, ganaron buen dinero, compraron tierras y hasta dónde alcanzaba la vista, era de ellos. Pero el crack de 1930 los dejó en la ruina: perdieron todo y debieron comenzaron de cero. El padre de Rodolfo le dio el mandato, cuando se debatía entre la continuidad y el cierre. Le dijo: “Si vos te haces cargo, sigue abierto”. Rodolfo aceptó y le dedicó su vida al mostrador.

“Siempre estuvo el almacén, que llegó a tener hospedaje. La gente hacía cola para entrar”, recuerda Rodolfo. La familia Mapis, oriunda del país vasco, levantó este señorial templo de criollez en los tiempos en donde se estaba haciendo el ramal ferroviario. El almacén abastecía a toda esa marea de trabajadores que estaba haciendo nuestra historia.

Aunque el tren lleva décadas sin pasar, todos los días se acercan parroquianos a apurar un trago o a comprar provisiones. Venden desde frutas hasta útiles escolares. Están felices porque hoy volvió el teléfono que llevaba cortado cuatro meses: es el único servicio de telefonía pública del paraje. Esa alegría por lo simple causa un júbilo conmovedor: todos en el almacén ven el teléfono como si fuera un objeto santo al que cuidar con museológico celo.

Lo que caracteriza al almacén de Rodolfo es la biblioteca que tiene a un costado de la entrada. “Es un servicio cultural que tengo, los que tienen ganas de leer, sacan libros, yo anoto título y nombre del lector y después los devuelven cuando los terminan” Así fue como antaño los gauchos supieron de la existencia de un libro llamado Martín Fierro.

Hacer

Hacemos pocas cosas, pero buenas, dice María Marta Mallea, habitante de la zona rural de Mapis. Habla de las actividades que genera la cooperadora de la escuela en este rincón periférico al norte del mapa del partido de Olavarría, en donde la familia de un almacenero es el único núcleo poblacional estable.

La escuela, que funcionó en el mismo almacén hasta que tuvo un edificio propio, es el centro de toda la vida de esta estación que alguna vez soñó con ser pueblo. María Marta y Silvana Anaurdo, directora de la escuela, viven a unos kilómetros entre sí, pero ambas señalan sus casas como si estuvieran a unos metros. “Vivo allá dónde están esos árboles”, y ubican un punto verde que sobresale apenas en el horizonte húmedo en donde hasta hace unos minutos un manto espeso de niebla no nos dejaba ver nuestras propias narices.

Todos aquí viven en la planta rural a varios kilómetros entre sí, pero al caminar por la calle principal de este paraje es como si uno entrara al patio de una gran casa. La soledad al norte de Olavarria se comparte.

“Nos necesitamos los unos a los otros”, suelta Rodolfo y acaso este sea el sentir que sobrevuela Mapis, el de la cooperación y la solidaridad, porque a pesar de que todos vivan a varios kilómetros entre sí, tal distancia no es notable. Todo lo contrario.

El almacén y la escuela son los pilares de Mapis. Dos veces por año se hacen los Mapijuegos, una kermese en la que interviene toda la zona y en donde se recauda dinero para las obras que necesita el pueblo. Este año no se pudo hacer porque un tornado destrozó el techo del club. Ni esa ni ninguna otra actividad se pudo hacer.

Sin embargo, esto no es motivo para que María Marta y Silvana dejen de hacer cosas: restauraron la estación de tren, convirtiéndola en un centro cultural en donde los niños exponen sus trabajos y se exhiben elementos del viejo Mapis. “Después de cien años, hubo que hacer poco y nada. Antes las cosas se hacían para siempre”, dicen. Como no hay sala sanitaria, ellas ocuparon la mitad de una pieza al fondo de la capilla. “Acá compartimos todo”.

Castagnino en Mapis

La historia quiso que uno de los más grandes artistas plásticos caminara por estas tierras. Por esas vueltas de la vida y vaya uno a saber por qué razón, Juan Carlos Castagnino, de joven y todavía sin consagrarse, bajó del tren y se quedó unos días en Mapis, acaso conmovido por la belleza íntima de este pueblo sin hacer.

Sentado en la estación, tomó un pedazo de cartón y dio rienda suelta a su talento: pintó una naturaleza de enigmática hermosura. La obra quedó en un rincón y un vecino del pueblo, de apellido Moracci, borró la firma del maestro y le puso la suya con el fin de impresionar a los ingleses que venían a relevar la estación, acaso con la intención de venderla. Cuando llegaron y vieron el cuadro, no se conmovieron por la “obra” de Moracci.

Con los años, y con Castagnino ya encumbrado, los descendientes de aquel travieso gaucho no recordaban con buena impresión al pariente que había hecho esta avivada. Tenían un Castagnino, pero de Moracci.

Con anécdotas como esa y con la imagen recoleta de un pueblo que apenas oscurece se hunde en el silencio fabular, dejamos este hechizado rincón donde un puñado de habitantes se fortalece en la distancia. Una vaca cruza la calle principal, se oye el susurro de una charla cuando las puertas del almacén se cierran. Las primeras estrellas imaginan la noche.