Por Damián Damore. Fotos: gentileza Malba.

 Bloody Daughter se titula el documental de Stéphanie Argerich sobre su madre, la pianista argentina Martha Argerich. La voz en off de la directora recuerda su infancia mientras el relato se despega de la inocencia superada para reparar -más que en el retrato filiatorio- en su figura desmedida. Martha se ve como una diosa pero también como un cuco miedoso. 

 “Soy la hija de una diosa”, dice Stéphanie sobre una de las pianistas más importantes de todos los tiempos. Con tres hijas de diferentes maridos (todos grandes personajes de la música), el documental condensa una biografía dramática. “Mi madre es un monstruo que chupa la energía de alrededor y hay que ser muy fuerte para resistirse. Incluso la gente que venía a vivir a casa al poco tiempo caía en su ritmo. Así que era una forma de resistencia levantarse para ir a la escuela y tratar de funcionar en el exterior de esa locura, de ese mundo abierto pero cerrado a la vez”, confiesa la directora.

 Bloody Daughter capta los conciertos, los premios y las giras europeas de la pianista, así como los entremeses de la fama: Argerich está a la altura de cualquier estrella de la música actual. Aunque padezca ataques de pánico antes de cada concierto (en ese espacio vuelva toda su ciclotimia) y viviera cada recital como si todo fuerzo nuevo. Stéphanie recuerda que de niña creía que su madre la torturaba cuando salía a fumar en cada estación de tren y no volvía a subir hasta que la máquina ponía la marcha. 

 El documental es la evidencia de su voracidad y de su genio: Argerich es un volcán en erupción.

 FICHA: Bloody Daughter (Argerich, Francia / Suiza, 2012), de Stéphanie Argerich, c/ Martha Argerich, Stéphanie Argerich, Stephen Kovacevitch ’94. Se exhibe en el Malba, todos los sábados de enero y febrero, a las 22. Av. Pres. Figueroa Alcorta 3415, CABA.