Tiene la barba entrecana y el cabello largo y negro, enrulado a más no poder, tupido como la sombra de un timbó. Está sentado en un bar del centro de San Miguel de Tucumán, guareciéndose del calor en el aire acondicionado de un bar, desde el cual mira la plaza Independencia de El Jardín de la República, como un poeta bautizó hace un tiempo a la provincia en la que nació Quique Yance, pianista, arreglador, compositor y músico de grandes figuras que festeja 25 años de andar por el camino sonoro de su piano.
Dice que Tafí Viejo, donde alumbró hace 48 años, es un pueblo lleno de limones, famoso por ser la capital nacional de esa fruta en la provincia que comanda el ránking mundial de producción  del amarillo cítrico. Pero eso no es todo: Tafí tiene lapachos y tarcos que florecen generosos por estos días. Y veredas anchas. Por eso, además de tocar el piano, Quique Yance camina. “Tempranito, antes de empezar el día y a la noche, me encanta caminar con mi hijo Rey, que es mi perro”, confiesa, elevando la voz de su habitual tonalidad cansina para ganarle al bullicio del bar. Cuando baja un tono, se presenta. “Empecé tocando el piano y después arreglé grupos, produje discos y ahora estoy haciendo arreglos para la Orquesta Sinfónica de San Miguel de Tucumán. Me escapé del pianista. Y del folklore me escapé hace mucho: porque estoy haciendo jazz, música sinfónica, pop lírico, rock. Tucumán es muy distinta a las otras provincias del NOA. La Universidad de Tucumán hizo que se haga cosmopolita, como si fuera un Buenos Aires chico, donde las razas se mezclan y también las músicas. Es tan rica que tiene su base, pero es muy abierta a los cambios. Yo hago folklore fusionado con jazz, con música clásica. Es una especie de latin jazz argentino. Es cierto que no es masivo, pero el público lo acepta”, se alegra.

La huella del maestro. Quique no tiene apuros. Viene de posar con paciencia para las fotos, en el salón del Jockey Club tucumano. Y aunque deba ensayar, se guarda unos minutos para charlar del tema que más le apasiona: la composición sobre una base folklórica con aires de otros ritmos. “Yo parto de la melodía que tengo ahora en la cabeza, que es como tener una manera de hablar, esa que uno tiene viendo el paisaje, caminando por el pueblo. El folklore lo tengo adentro, pero no el folklore tradicional. Yo parto desde ahí y le adiciono con lo que otros géneros me dieron. Pero lo hago siempre partiendo del folklore. Hay que ser muy respetuoso con el folklore: nosotros hacemos canciones propias (habla del dúo que forma con Mariela Narchi, con quien grabó el disco Milagrero y está a punto de editar Genuino, ambos con canciones propias) y las reversiones las hacemos conociendo a los autores, entonces sabemos de dónde viene el centro de la canción. Lo hacemos respetando el mensaje del autor, agregado lo que uno estudió en 30 años. Si hacemos algo de un autor muerto, más todavía. La fusión no pasa por cambiar un ritmo. Es como cocinar: no se trata de agregarle ingredientes porque sí. Le podés cambiar un ingrediente, pero no mucho, porque sino la comida pierde su gusto. Lo mismo pasa con la canción.”
-Algo parecido decía Gustavo “Cuchi” Leguizamón. Sostenía que cocinar era parecido al acto de componer. Y no sólo era un gran compositor; era un gran cocinero también.
-Tengo mucho de mis maestros. Con el “Cuchi” muchas veces no nos sentábamos al piano. Yo viajaba a Salta desde Tucumán para tomar clases con él y me llevaba a comer, a visitar amigos, a caminar por un cerro. Sus enseñanzas escapaban de lo musical. Un tiempo después me di cuenta de lo que estaba aprendiendo escuchándolo. Eso mismo me pasó con Adolfo Avalos y me pasa ahora con Gerardo Núñez (de Los Hermanos Núñez) que yo digo que es mi padre, aunque él, para disimular algunos años, diga que yo soy su hermano.
-¿Qué tiene que tener una canción para ser linda?
-Tiene que ser genuina en todo sentido, desde que la componen hasta que la ensayan y desde ahí hasta que la tocan. Hoy graban los instrumentistas en días diferentes, sin que los músicos se conozcan entre sí. Para tocar hay que mirarse a los ojos, hay ensayar. Es un acto íntimo la grabación. Esa interacción entre los músicos lo hace genuino, de otro modo es algo plástico, inventado.

Otro folklore. Cuando tenía 8 de los 48 años que tiene ahora, arrancó en el Conservatorio Santa Cecilia, adonde estudió música hasta los 18 años. Aunque lo suyo fue la fusión del folklore con diversos ritmos, grabó con Coplanacu (Retiro al Norte), con Horacio Banegas (Pertenezco a este mundo y Sintaxis), con Gustavo Patiño (Desde Tilcara), con Raly Barrionuevo, Pica Juárez, Pablo Mema, Bruno Arias, Peteco Carabajal y Mercedes Sosa, entre otros. Con ellos tocó en casi todo el continente. Pero nunca olvidó a su grupo “en serio”, el Grupo Contemporáneo de Folklore (entre quienes estaba Lucho Hoyos) que empezó a tocar un 7 de diciembre de 1986 y donde ya despuntaban los tonos del folklore de fusión.
En los años de su niñez eran Frederich Chopin, Johan Sebastian Bach, Ludwing Van Beethoven y Wolfgang Mozart quienes llenaban de música sus oídos. Cuando cumplió 12 años le llegó un disco de Oscar Alem, que en 1975 ya hacía folklore de fusión. El favor se lo debe a Norma Abdelnur, su profesora de música, que sin querer lo estaba iniciando en el mar de los desafíos musicales y la libertad compositiva. “Me marcó tanto eso que hasta el día de hoy hago folklore de fusión. Después descubrí a “Chango” Farías Gómez con MPA y el trío Vitale-Baraj-González. En la parte compositiva, mis referentes son Gerardo Núñez, Osvaldo Costello y, claro, el Cuchi”.
Farmacéutico de profesión, se cortó el pelo hace nueve días después de 20 años ininterrumpidos de cabellos sin conocer el filo de una tijera. Dice que tener el pelo largo es un símbolo de rebeldía, para vengar los años de la dictadura, cuando no se podía usarlo ni era posible hacer música. Recién en 1983 volvieron los sonidos. Justo cuando Quique estaba haciendo florecer su idea de otro folklore. “Astor (Piazzolla) decía que la música es como el agua, si no corre, se pudre, se muere. Por eso, a las ideas tradicionales hay que tomarlas con pinzas. Hagas lo que hagas hay que evolucionar desde la investigación y desde el estudio. Sin cambiar la esencia, pero evolucionando. Evolución es una de las palabras que más me gusta. Para mí es 10 por ciento de talento y 90 por ciento de estudio”, dice sobre su fórmula. “Se trata de estudiar y practicar: no hay un Maradona en la música. Yo creo que todos tenemos algo de música desde que nacemos. Pero todo está en el estudio y en la práctica el poder desarrollarla. La evolución viene por ese lado”. Esa manía por evolucionar lo tiene maravillado estudiando los rudimentos del corno francés. “Es una maravilla tomar unos mates a la mañanita y estudiar. No concibo la vida sin seguir estudiando. Me falta muchísimo por aprender. Hay que ser humilde. La humildad es una palabra muy grande. Si lográs ser humilde vas a ser el mejor músico del mundo”