Fotos Juan Carlos Casas

 

El sol asoma tímido como si recién hubiera nacido en la línea recta del horizonte limpio de Guatraché, La Pampa. Sus rayos disipan unas nubes finas y ayudan a calmar el frío del campo abierto.

En el inicio de los 30 kilómetros que separan a esta ciudad pampeana de la Colonia La Nueva Esperanza las preguntas brotan como el trigo al costado de la ruta. “Son iguales a nosotros”, apacigua María Estela Campo Kihn, la guía de turismo local que tiene las llaves para que la prensa pueda pasar las tranqueras abiertas de la colonia Menonita, que este año cumplió 27 años en la Argentina.

Manos menonitas

 Enrique elabora salamines con su padre, Juan, quien hace poco debió levantar su casa tirada por el viento. Tiene el chico una timidez que apenas le entra en los ojos azules y parece impropia de alguien tan alto, tan imponente. Enrojece cuando se le elogia su trabajo, casi no habla español a pesar de que nació en La Pampa hace 17 años.

La Nueva Esperanza es el nombre de la colonia que funciona como una asociación civil y es el mismo que ostenta la quesería más grande de los menonitas: procesa 9 mil litros de leche por día, de los cuales resultan 900 kilos diarios de queso en dos variedades: pategrás y sardo, este último saborizado.

Lo cuenta Gerardo, un hombre de sonrisa explosiva y buen castellano que trabaja hasta las 13 en la quesería y luego, con el mismo overol, se vuelve carpintero en su casa para hacer muebles de madera. Pedro, uno de sus siete compañeros, anota los quesos vendidos después de terminar de cargar un camión que llega desde Santa Rosa. Guarda la birome en el bolsillo que se abre en el pecho de su enterito y vuelve a la labor.

“¿De dónde son?”, pregunta Gerardo a las visitas, mientras da vuelta las páginas de la revista y recomienda dejar estacionar los quesos porque tienen sólo una semana de elaborados. “Se pueden comer ahora, pero después es más rico”, avisa sin hacer sonar la letra erre.

Puro trabajo

David es simpático y atento. Los sorprendemos divirtiéndose en una bicicleta fija que está al costado de una de las almacenes de la colonia, en donde los precios son mucho más bajos que en el centro de la ciudad. Sonríe, se presta para las fotos y sube de un salto al booguie del que tira un caballo, el único medio de transporte permitido por la religión, ya que no usan automóviles.

Los menonitas tienen un humor chispeante pero sin maldad, mezcla de inocencia y sabiduría. Pero ese no es el único atributo que ostentan. “Trabajan muy bien”, comenta un camionero mientras observa cómo dos colonos cargan el último de los tres silos, en una de las 13 metalúrgicas que tiene la colonia.

Más allá, en un galpón cerrado, despunta la sonrisa de Cornelio, un hombre de 34 años con un talento increíble para la madera. Es uno de los 10 carpinteros de la colonia. Recibe pedidos de todos lados. Lo cuenta mientras discurre acerca de su futuro. “No quiero hacer más esto porque estoy todo el día encerrado acá. Me gusta más el campo”, dice. Jura que no recibirá más pedidos porque a pesar de sus cinco empleados no da abasto.

De pocas cosas es capaz de jactarse Cornelio salvo de que es hincha de Boca, a partir del verdulero que en los años 80 “colonizó” a la colonia con el azul y amarillo del club de la ribera. Su sueño de volver al campo tiene un freno: la sequía. La última, durísima, ocurrida en 2007, lo desarmó, pero su espíritu tiene detrás siglos de lucha y tesón: ya tiene 34 terneros en producción de vacas para carne.

Cerca de él trabaja Abraham, uno de los tantos con ese nombre bíblico. Su horario, como el de todos, lo marca la luz del día: de 7 a 20. Cornelio, su maestro y jefe, tiene la fórmula de la observación para aprender. “Yo aprendí sólo”, dice, mientras bromea hablando en un perfecto porteño y muestra su sonrisa al fotógrafo.

Para ellos su producción vale en función de los costos y de lo que necesitan para vivir. No hay especulación ni acumulación capitalista. No hay ley de oferta y demanda. De otro modo no se explica cómo una puerta de roble con vidrios repartidos cueste 1.400 pesos.

Cinco siglos igual

La tierra sedienta va y viene con una brisa apenas tenue. Es fina y se desprende de un suelo pedregoso, a pesar del cual se alzan el verde del trigo y el sorgo, los dos cultivos más difundidos entre los menonitas. La mañana alumbra ya con un sol fuerte. Los rayos golpean las chapas en la metalúrgica de Bernardo -una de las 12 que hay en la colonia-, donde dos niños -de 12 años- trabajan en la máquina fabricada con mano propia, a partir de la observación de una parecida con la que suplen cierta ausencia de tecnología. Los chicos hacen canaletas en la chapa lisa.

En la escuela se forma a los niños con cálculos de pesos y medidas aplicables al trabajo. Por eso las tareas están tan presentes en la vida de los niños. De hecho, los libros para colorear tienen motivos relacionados con las tareas rurales. Metal Ber es el nombre de esta metalúrgica menonita que elabora silos con capacidad para entre tres y 120 toneladas, vendidos a Córdoba para la cosecha gruesa.

Gerardo trabaja en el campo de su casa luego del mediodía y cuando cae la tarde, como cuando amanece, ordeña sus nueve vacas. Lo cuenta en un castellano perfecto, apenas disuelto por la erre sin ruido. “A la noche me dedico a la novia”, dice risueño.

En el campo número 5 cose zapatos Juan. Se muestra tímido, pero es amable. Pide el favor de llamar un remís para que Gertruda, su hija, pueda ir al hospital a ver a su hermano, internado con problemas respiratorios. Mientras viene el auto hay tiempo para ver los tejidos y estampados de la chica, con dibujos de mates y animales. Gertruda tiene una habilidad más que la manual: posa para las fotos con gracia de modelo.

Juan no quita el pie de la máquina de coser. Se altera cuando oye el chasquido de la cámara de fotos y le dedica una mirada entre curiosa y desconfiada. Cuenta sus problemas de hernia de disco a pesar de sus 35 años, los últimos tres de los cuales se vio obligado a aprender el oficio de zapatero, después de una vida en el campo.

Tiene siete hijos y un origen fuera del país, como muchos. Sus padres viven en Santiago del Estero, la otra colonia menonita de la Argentina. Aquí, Juan alquila ocho hectáreas para sus vacas, pero en Santiago compró 40. “Llegué acá cuando tenía 13 años, desde México. Allá hace mucho menos calor en verano y mucho menos frío en invierno. Y no hay tanto viento como acá”, comprara.

¿Por qué se llaman Menonitas?

A los 30 años de edad Menno Simons se consagró sacerdote y 12 años después rompió lazos con la iglesia católica para comulgar con las ideas de los anabaptistas pacifistas, un movimiento que luchaba por la fe católica desembarazada del Estado, bajo el argumento de que no era la imposición religiosa de los gobiernos algo que estuviera consignado en la Biblia. Lo hizo seguía la línea de otro alemán que oficiara de maestro: Martín Lutero.

Progresivamente, esas ideas empezaron a extenderse en el año 1523 desde Suiza -donde nació esa corriente renovadora- hacia el dominio alemán. Desde entonces, los prowwwantes fueron perseguidos a pesar de su pacifismo. Las diferencias con los católicos eran insalvables: Simons pugnaba por la libre elección religiosa pensada a partir del bautismo a los 18 años y del único reconocimiento a la virgen María como madre de Jesucristo sin venerar a ningún otro santo.

Simons y sus seguidores debieron acostumbrarse a escapar como si fuesen delincuentes. Apoyaban su separación de la iglesia en el hecho de entender a la Biblia a partir de someterse a su autoridad para entregar un auténtico wwwimonio de seguimiento a Jesucristo.

Por sus convicciones, Menno sufrió en carne propia la represión, pero nunca dejó de pregonar su fe, a partir de la cual su influencia empezó a ser notable, sobre todo en la cantidad de seguidores a su doctrina. Era el nacimiento de los menonitas.

 

Más información

Colonia Menonita La Nueva Esperanza,

Ruta provincial 3, zona rural de Guatraché, La Pampa.

 

Excursiones Guatraché (Maria Estela Campo Kihn)

Correo: excursionesguatrache@gmail.com