Por Gustavo Hierro. 

El ingeniero eléctrico José Luis Casais, integrante del Laboratorio de Alta Tensión del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), fija un postura institucional sobre la instalación de pararrayos en forma indiscriminada, en cualquier tejado. La advertencia surge tras la caída de un rayo en una estación de servicio en el barrio porteño de Villa Lugano, el 7 de febrero pasado. “En los lugares densamente poblados, los únicos que tendrían que tener pararrayos son los grandes edificios. Aunque la instalación de pararrayos en las estaciones de GNC está por normativa, yo no la recomendaría. No puedo decir que esté mal, pero sí que es muy peligroso. Está bien instalarlos en edificios muy altos, de alrededor de 10 pisos o más, en estructuras muy valiosas y altas, en las torres de comunicaciones. Es decir,  sólo en aquello que sobresale demasiado del piso”.

Según Casais, la instalación de pararrayos en forma domiciliaria sólo aumenta los riesgos de captar descargas eléctricas y así poner en peligro a las personas que están dentro de su radio de influencia. “Si quiero evitar un rayo, lo peor que puedo hacer es instalar un pararrayos para captarlo”, sintetiza.

Como si tuviéramos pocos problemas en la intrincada Argentina de hoy, el cambio climático y el calentamiento global nos están regalando, por estas latitudes, un aumento en la frecuencia e intensidad de las tormentas eléctricas y caídas de rayos con consecuencias cada vez más nefastas. Este verano cuatro personas murieron fulminadas y 22 resultaron malheridas como consecuencia de una fuerte descarga eléctrica en una playa de Villa Gessell. Pocos días más tarde se conocieron otros incidentes, afortunadamente sin víctimas pero con heridos y destrozos varios, en una playa al sur de Mar del Plata.

 
El laboratorio del INTI es el único en el país que hace ensayos para definir si un pararrayos es activo o no. En el universo de la captación de rayos existen dos tipos de tecnologías. Por un lado, están los pararrayos pasivos, las clásicas varas tradicionales con puntas (el diseñado por Benjamin Franklin) que se limitan a esperar el “toque divino” los días de tormentas eléctricas. Son los más comunes, los que abundan en los techos urbanos.