Hay personas que disfrutan recorriendo el país. No importa si se trata de un desierto, un lago o un monte impenetrable. En todos los paisajes estas personas encuentran historias de vida, que emocionan hasta al más duro. Argentina es un país inmenso y hasta en los rincones más escondidos o ignorados se descubren tradiciones que vale la pena conocer y respetar. Sin dudas, Luis Nipoti pertenece a este grupo de personas. El hombre es un apasionado que ha recorrido el país de punta a punta. Durante los últimos 30 años, Nipoti ha ido adquiriendo muebles y tejidos, formando una colección invaluable. “Me dedico a los muebles de casi toda la vida. Sin embargo, jamás vendí un mueble original. Los originales son para mí y no están a la venta”, dice. Entonces Nipoti consigue muebles, aprende a hacerlos en sus lugares de origen y luego los fabrica adaptando el diseño al uso de hoy en día. Como fuera, el sello argentino está bien a la vista en cada una de sus obras.

Naturaleza divina. El galpón queda sobre la Ruta 28 en el Partido de Pilar, Buenos Aires. Apenas se cruza la tranquera de entrada, llama la atención una embarcación sobre un trailer. Nipoti luce un tatuaje de marinero en un brazo. Además usa gorra de lana, por más que sea un día espléndido de primavera. Pronto queda claro que al hombre le gusta el agua. Tal vez sea porque nació en Tigre. Tiene la piel curtida por el sol, el viento, la intemperie. Cuenta que llegó a Pilar hace unos 8 meses y que extraña la naturaleza. Los dos años anteriores, vivió en el Puerto de Quequén, en una casa encima de un médano, frente al mar. Se entusiasma cuando recuerda sus incursiones en jet ski al lado de delfines y de ballenas. “Salía en barco al mar hasta cuando había tormentas. Traía pescado para uno de los comedores comunitarios”, recuerda.
La colección de mantas que cuelga de las paredes es impresionante. Son cientos. “Detrás de cada manta, hay una historia. Las mantas son mi debilidad”, confiesa y con los minutos se empieza a soltar. Aunque tenga aspecto de marinero, Nipoti ha conocido la vida del peón y la del monte. “En mis viajes, veía que la gente construía las cosas que necesitaba para vivir con su familia. Durante 15 años recorrí pueblos y lugares que ni figuran en los mapas. En esas zonas, no se compra casi nada: cada uno debe construirse sus propias herramientas, tejidos y muebles”. Nipoti decía que cada manta tiene una historia atrás. Se le pide ejemplos, que hablan por sí mismos. Ejemplo 1: Manta llamada Campo de Rosas; Pozo del Toba; Gran Chaco argentino, hoy Santiago del Estero, bordeando el sur del Impenetrable. Manta hecha a telar, teñida con tintes naturales. Realizada por Doña Eusebia, para su nieto Don Eladio Salto, mentado domador, año 1862, 8 meses de trabajo y amor plasmados en este textil. Ejemplo 2: Textil realizado en telar, tintes naturales. Manta hecha por Doña Rosalía Chosco para su hija. Año 1884. Tiempo de ejecución: 13 meses. Zona Aconquija, Catamarca, en un puesto a 12 km del pueblo. Geometría entre la naturaleza…Las mantas hablan, ¿no?

No soy de aqui, ni soy de alla. Ahora Nipoti enseña el taller donde fabrican los muebles. El olor a madera es delicioso. Hay catres de tiento, sillas, mesas forradas en cuero. Los muebles son preciosos. Al rato recuerda un viaje al Paso San Francisco, en Catamarca. “Estuve 8 días en el desierto, comiendo charqui de guanaco, tomando agua de un canal. En el canal también me bañaba con agua helada.” Las experiencias quedaron grabadas a fuego: “Una vez vi bajar de la montaña a un abuelo con su nieto muerto a lomo de mula”. El mismo recorrió largas distancias a lomo de mula y a caballo.
Para adquirir las piezas originales tuvo que convivir días con la gente, ganarse su confianza, trabajar a la par. “Muchas veces los abuelos no querían venderme nada. Fueron horas cebándoles mate, aprendiendo a trabajar las maderas junto a ellos.” Como al pasar, explica que un español hubiera dejado una tabla bien ancha para hacer una mesa. El criollo, en cambio, la hubiera cortado a la mitad para obtener dos tablas, y hacer dos mesas, en vez de solo una. Los muebles de Nipoti parecen antigüedades pero no lo son. “En el monte aprendí la simpleza del pobre. Estoy orgulloso de haber pasado gran parte de mi vida recorriendo el interior profundo del país.”
El Federal comenta que está por viajar a Esquina, Corrientes. Nipoti responde en el acto: “Lindos pagos los de Esquina. Allá la fusión de lo criollo y lo guaraní, hacen a la idiosincrasia del hombre del Litoral. Tienen orgullo casi de “alardes”, muestran en forma permanente alegría, amor a la tierra, a la música. Artesanos de los tientos, sogueros de ley esos paisanos…Tengo recuerdos de asados, charlas y silencios, sin precio, pero con mucho valor”. Dan ganas de seguir escuchándolos: es que tiene una memoria prodigiosa. Pero ahora Luis Nipoti va a seguir trabajando con maderas autóctonas. En realidad va a seguir confeccionando piezas de arte, que llevan la firma de un hombre que ama su país.