Por Horacio Ortiz

“Es una pulpería y también es un bar y hasta un restaurante informal. La definición más concreta se acercaría a una pulpería”, dice el hombre, intentando buscar la denominación correcta. Es que esa generalidad representaba el almacén de campo, donde era posible encontrar de todo: desde yerba hasta kerosene. Por eso a Raúl Lambert le cuesta hallar una definición justa para contar el hoy de La Protegida, el almacén de campo que rescató del olvido hace cuatro años.
Hay dentro del salón una reja que simula la protección que tenía el pulpero ante los cambios de comportamientos que el alcohol le imprimía a los parroquianos. Una tranquera cuelga del techo haciendo las veces de araña, adornada por pertrechos que penden de su madera y se sacuden cuando la brisa gana el espacio. Esa es apenas una muestra de la otra pasión de Lambert: coleccionar objetos que algunas vez fueron más que un adorno para las tareas rurales. En lo de Raúl Lambert es posible hallar azadas, matrices para fabricar velas, una maleta para juntar maíz, rastrillos, botas con sueco de madera, que protegían de la humedad y el frío a los paisanos cuando aún no existían las de goma, entre otras cosas que ya es difícil hallar aún como reliquias en los museos. 
Desde su adolescencia, Lambert comenzó a reunir antigüedades. La demostración de ese camino de recolector y coleccionista está a la vista: cuando tuvo su propia casa construyó una pulpería y en el fondo ordenó el inventario de piezas. “Poco a poco empezaron a visitarme amigos de mis amigos, visitantes que llegaban y pedían permiso para conocerla y cada uno que venía me iba inyectando ánimo para que todo esto no estuviera en una casa privada. Me pedían que lo pusiera a disposición del público.” Gracias a ese aliento inicial, alquiló este lugar donde funcionó un almacén de ramos generales señero para el pueblo de Navarro, de gran importancia en el primer cuarto del siglo XX. La construcción estuvo a cargo de un inmigrante árabe de nombre Abdul Mustafá, alias El Turco Emilio. 
El almacén tiene su edificación en forma de letra U, con un espacio interior a modo de patio rodeado por la galería, en cuyas paredes cuelgan objetos de diverso tamaño. La Protegida es dueña de la esquina, como tantos boliches y pulperías del campo argentino y por su importancia llegó a ser mayorista en algunos rubros. Con el tiempo decayó, como la mayoría de los almacenes de su tipo y una vez que hubo de cerrar sus puertas prestó distintos servicios comerciales entre los que se recuerda una veterinaria. Cuando renació necesitó de unos pocos días para recuperar el esplendor, desempolvando la mística en sus paredes descascaradas y su mostrador enrejado, en sus mesas de madera con sus sillas pequeñas, donde caben miles de historias de paisanos. Esas que desde hace cuatro años hicieron que La Protegida vuelva a ser lo que era.

Museo de lo cotidiano.
 “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y entonces comprende, cómo están de ausentes las cosas queridas”, dice el poema de Armando Tejada Gómez que da letra a Canción de las simples cosas, con música de César Isella. Y ningún lugar puede ser más adecuado para encontrarse con ese pasado, que viendo el tiempo a través de una infinidad de elementos sencillos que hasta poco tiempo tuvieron su función de uso diario en cada casa de pueblo o en el campo. “Quería desatar algunos sueños y he encontrado esta actividad que si algún mérito tiene es la constancia, la perseverancia y el acompañamiento de la familia. Transité los años de hombre joven, los tiempos de hombre adulto y ya estoy llegando a la vejez con el mismo gusto. A veces no se puede transmitir lo que se siente; sí puedo decir que tengo una profunda identidad y un profundo sentido de pertenencia al pueblo donde nací yo y donde nacieron mis padres, mis abuelos, algunos de mis tatarabuelos y algunos de mis choznos también”, dice el hombre que asegura que entre lo que tiene dentro del almacén más lo que hay en las galerías y en el patio trasero suma miles de piezas. 
Lambert trabajó durante 34 años en una empresa y a su salida consideró que su camino debía seguir en una actividad más cercana a su pasión. “Ese sueño de pibe y todo el empeño posterior que le puse ha hecho que yo colecte, que me regalen y hasta compre objetos que intentan representar la vida de mis antepasados y la vida de los navarrenses de otros tiempos”, dice.

Arte y nostalgia.
“Unas tabla de fiambres, unas empanadas y algún guiso en invierno no van a faltar en La Protegida, tanto los viernes por la noche como los sábados y domingos durante todo el día. Y siempre invitando a algún cantor, algún artista, algún coleccionista que quiera mostrar algo, actores que ha realizado funciones de radioteatro, conferencias, muestras de fotos antiguas o de cuadros, talleres de pintura. Lo que se ha generado acá es un espacio cultural apoyado en un emprendimiento comercial pequeño, pero que es el que nos permite todo lo demás”, explica Raúl sobre el otro objetivo del local: convertirse en un polo cultural del pueblo, donde el ida y vuelta sea moneda corriente. “Los visitantes que repiten su visita al museo vuelven con algo a modo de obsequio y esto es algo que me hace ver que han entendido el mensaje. Cosa que entra aquí no se vende; se expone y se expondrá hasta que los tiempos digan, porque este es un proyecto que va a superar mi aspiración mayor.”
Lambert trabaja en una obra sobre Juan Moreira (ver recuadro) y ya tiene otras dos editadas: “Andate hasta el almacén” y “Del otro lado de la vía”, que describen la vida de un pueblo más célebre en la historia por las andanzas de matones y el fusilamiento de Manuel Dorrego, que por las cosas simples de su vida cotidiana y la cordialidad de su gente.