Por Sonia Renison

 

La llegada en avión al oeste chubutense muestra un espejo de agua azul, donde se ven puntos rosados; los flamencos. El Lago Rosario, a 28 kilómetros de Trevelin –que significa Pueblo del Molino en galés-es además, el escenario para el lanzamiento de la temporada de pesca.

Esta síntesis de Trevelin es apenas una aproximación de lo que pudo lucirse en septiembre último cuando los autos clásicos de la Patagonia desplegaron su encanto, desde la plaza Fontana, en el centro de Trevelin, hasta Esquel, recorriendo Nahuel Pan, Tecka y el Parque Nacional Los Alerces.

Fueron unos 222 kilómetros (la distancia que hay entre Buenos Aires y Pergamino) que unieron en tramos de regularidad y que por primera vez transitaron en un evento deportivo a pleno sol de fin del invierno. Su mentor, Gastón Carletti pertenece a una familia pionera en la Patagonia como hacedores de rallys deportivos.

Esta es una propuesta donde coincide el compañerismo, la solidaridad y la aventura entre pilotos y navegantes que en esta versión clásica se mueven a bordo de máquinas que son como esculturas sobre ruedas. A sabiendas de la belleza de las formas, es la pauta cronometrada del organigrama de la carrera la que tiene en cuenta al público y a los vecinos de cada pueblo que recorre la carrera.

Hay corredores que llegan desde Punta Arenas, Chile. Pero también hay chubutenses que llegaron desde Comodoro Rivadavia; Rada Tilly; Esquel; Trevelin; y, desde Santa Rosa, La Pampa; Bariloche y General Roca, Río Negro; Villa La Angostura, Neuquén; y Las Heras en Santa Cruz.

Con sus máquinas relucientes atravesaron la Patagonia entre asfalto y ripio desde sus ciudades de origen. Además del intendente, Juan Garitano, y la secretaria de Turismo, Alexis Tiznado, el público también participó de la jornada registrando fotos junto a las máquinas estacionadas en la largada en la plaza principal y acompañando en parte del recorrido bajo el sol de la mañana del 7 de septiembre, cuando iniciaron el rally rumbo a uno de los encuentros más emotivos: la Ruta Nacional 40 con el histórico tren “La Trochita”.

La antigua locomotora “saludó” a los protagonistas con el silbato y el humo negro y aguardó a los corredores en la estación Nahuel Pan para desplegar en su partida un zigzagueo con los conductores en el tramo que comparte junto a la ruta más larga de la Argentina. Lo que se observa es un cuadro: cielo turquesa, montañas de picos nevados y máquinas de colección.

Este rally es distinto de otros. Los participantes deben cumplir tramos cronometrados con exactitud de recorrido y tiempo estipulado hasta completar el total de kilómetros del circuito señalado en la hoja de ruta que mide distancias, tiempos y velocidades con precisión de cirujano.

Durante la carrera, donde se suman y restan los aciertos y los retrasos que los jueces cronometran y marcan con penalidades, también hay tiempos de enlace en lo que los corredores van a velocidades mínimas disfrutando del entorno. En una carrera de regularidad como esta se disfrutan los tramos de enlace y las paradas tanto como la carrera misma. Entre el desayuno, almuerzo y cena, disfrutan del lugar.

Por eso hubo espacio para tomar el té en las tradicionales casas de té galés, donde los binomios, pilotos, navegantes y los acompañantes de apoyo logístico degustaron sconds, mermeladas, crema y manteca caseras con el sinfín de tortas y tartas, incluida el emblema local que significa la torta galesa, una tradición argentina de estas colonos llegados hace dos siglos que huían del yugo inglés y que guardan en secreto la receta familiar.

Los autos pasan por el Museo del Molino, por el Parque Nacional Los Alerces, bordeando el lago Futalaufquen, como perlas de la carrera en la que, además, hasta hubo tiempo para comparar tejidos artesanales confeccionados por las comunidades mapuches de Nahuel Pan, dulces caseros elaborados en un taller protegido, momentos de una travesía que vino a ratificar que fuera del rally, la temporada de pesca y el verano ya llegaron a Trevelin.