Por Leandro Vesco

Sin dudas es inolvidable, caminar por este acantilado surreal que parece querer llegar en un abrazo que nunca se da a la Península Valdés, a apenas algunos cientos de metros más allá de la entrada al Golfo Nuevo, donde el cielo turquesa en el atardecer se esfuma con el azul del mar, de un resplandor brillante en la costa y profundo al llegar al infinito horizonte. Se desconoce el por qué se llama Punta Ninfas, pero su topónimo no pudo ser mejor elegido: en esta soledad absoluta deben tener su morada las Oceánides, las ninfas marinas.

Punta Ninfas es un accidente geográfico, un capricho de la naturaleza, se halla a 60 kilómetros en linea recta de Puerto Madryn, cuyas luces le dan a las noches de Ninfas un encanto particular. Cuando baja el sol, la ciudad marítima parece una constelación que se recuesta en el Golfo. El Cerro Morro Nuevo, enfrente en la Península, marca la presencia de esta maravilla natural. El viento, y los cenicientos colores en los que se desintegra el día, nos traen recuerdos de marinos y naufragios.

El 7 de febrero de 1770, el piloto español Goicochea fue el primer hombre blanco en ver la Punta, en aquel momento se llamó Cabo San Miguel, pero el tiempo y su fina inclinación a corresponder a lo sobrenatural, terminó distinguiendo este promontorio por el nombre actual, ¿Alguien habrá visto ninfas en estas playas solitarias? Para agregarle un sortilegio aún más fascinante a este rincón apartado de la humanidad, la silueta de un viejo faro en desuso se levanta, arrogante, en una de los extremos del acantilado.

El viento patagónico y el susurro del fin del mundo, siempre presentes acompañan al caminante que recorre estas playas donde habitan elefantes marinos, pingüinos y no lejos de aquí, siempre se observan orcas, merodeando para cerrar el círculo de la naturaleza que debe proveerle alimentos. Las olas truenan contra las rocas y la espuma salpica el vuelo de las gaviotas y petreles.

Punta Ninfas está dentro de la estancia El Pedral, cuyo casco fue traído en 1923 de Europa por Félix Arbeletche. No hay lugar en el mundo con tanto encanto. Es, también el solar ideal -el único- para hospedarse. Los grandes ventanales de la Estancia dan al mar, y a la poca vegetación que se puede permitir este lugar. El desayuno permite degustar las delicias que nacen en su horno, y en esta época del año, es posible ver a las ballenas junto a sus crias, ahí nomas. No se puede tener mejor despertar. La carta es austera pero de calidad, coherente con los productos del territorio que se pueden conseguir en la zona, rica en comidas de olla y cordero.

Las actividades son sencillas y todas inolvidables porque se hacen al aire libre. Caminatas en la costa, avistaje de fauna, trekking y la contemplación total de la naturaleza. En la Estancia la luz artificial se produce por energía eólica, pero no hay señal de celular, ni internet, el mundo actual que conocemos queda atrás, en la ruta de entrada, acá en Punta Ninfas sólo están los caminantes que se animan a mirar tanta belleza y sentir el silencio habitado por mil historias.