Cuando en un lento anochecer el cielo era de un azul claro que viraba aún al rojizo a lo lejos, sobre la cúpula del Congreso, la música del “2×4” comenzó a sonar en los equipos montados desde 9 de Julio, donde estaba el escenario principal, hasta Perú, y la gente empezó a amucharse lentamente tras la intensa jornada estival del sábado, con temperaturas por encima de los 30 grados.
 
Con el asfalto que aún refractaba el calor del día, poco antes de las 21 los amantes del tango ya se abrazaban y conformaban numerosas pistas en esas cuatro cuadras del centro porteño. Era el inicio de la 8ª edición de la Gran Milonga Nacional, organizada por la Asociación de Patrocinadores del Turismo, la Hotelería y la Gastronomía de la República Argentina y la Academia Nacional del Tango.
En esta oportunidad, por primera vez el festejo tuvo su réplica en simultáneo en el exterior, con un festival tanguero en Colombia, cuya Gran Milonga Nacional se desarrolló en la avenida Carrera 7, de Bogotá, una arteria en la que se realizan todo tipo de movilizaciones, ya sean festejos, prowwwas o marchas varias.
Cantantes, orquestas, recitadores, parejas de bailarines, ballets y otros artistas actuaron en forma gratuita para este festival en los tres escenarios -los otros estaban en los cruces de la avenida con Piedras y con Perú.
Pero el gran protagonista fue el público milonguero, que animó la fiesa bailando en la calle, que parecía una gran pista de tango, aunque por el diseño social que tiene este baile -todos giran en ronda en un espacio limitado- en realidad se formaron numerosas pistas en diversos puntos.
 
Frente al escenario central se colocó una tarima con las dimensiones similares a las de una pista de milonga, donde muchos también subían a bailar sobre una base de madera que cansaba menos los pies que el aspero asfalto de la calle.
 
Para quienes no bailaban y se acercaron a disfrutar de la música y el canto y viendo danzar a profesionales en lo alto y a milongueros en la calle, se colocaron cientos de sillas de plástico y mesas frente a los tres escenarios.
 
Entre quienes ofrecieron su arte sin cargo estuvieron la orquesta de Erika Di Salvo, el Ballet de la Universidad Nacional de 3 de Febrero, Sexteto Sensiblero, el sexteto de Roberto Siri, Horacio Rifón con la Bertero Big Band, el saxo de Pablo Porcelli y el Sexteto Visceral. Una participación especial tuvo la reconocida pianista Martha Noguera, que fue la encargada de tocar el Himno Nacional a la medianoche.
Con el inicio del nuevo día llegó una tenue brisa que refrescaba a los traspirados milongueros que sólo interrumpían el baila para hidratarse o para moverse a otro escenario, ya que en cada uno se presentaban simultáneamente distintos estilos de tango, o se alternaban grabaciones con música en vivo y shows de baile.
 
La luna resplandecía en el cielo despejado cuando la brisa se convirtió en viento y levantaba algunas hojas de árboles y tiraba vasos de plásticos de las mesas, poco antes de las 3 -anunciando la tormenta que sobrevendría horas después- cuando el Sexteto Visceral cerraba esta edición de la Gran Milonga Nacional.
 
Como en el tango “Mañana zarpa un barco”, los milongueros parecían pensar “bailemos hasta el eco de último compás” y nadie aflojaba el abrazo mientras había música y reclamaban “otra!” luego de cada acorde final.
 
Cuando las luces se apagaron y Avenida de Mayo comenzó a despejarse para retomar su ritmo habitual, comenzó el regreso al hogar para algunos, pero otros anunciaban que iban a terminar la noche en alguna de esas milongas porteñas de largo tiro que culminan al amanecer.