Con su entorno único de arboles, colores y formas, y su impronta ligada a las mejores propuestas de teatro, Zulema Kompel se ha convertido en un espacio de referencia único en la ciudad.
Zulema nació en Luján, en el seno de una humilde familia de inmigrantes cuyo sustento era una pequeña retacería, la única del pueblo entonces, emplazada cerca de la Basílica. De ahí el nombre con el que nos presenta esta, su primer muestra individual.

“Retazos” simboliza los orígenes de Zulema, pero también las partes de un todo que representan una existencia rica en esfuerzos, éxitos y lucha. Una hermosa forma de festejar su 75 cumpleaños el 27 de junio próximo, exponiendo y exponiéndose a la consideración de amigos, público y crítica. Un desafío que a esta altura de su vida es un canto a la esperanza.
Dice Santiago Kovadloff.  “Es la materia – arpilleras, trapos, cartones, telas residuales – la que llama a la artista, la que convoca sus manos. La que despierta el recuerdo y aviva la intuición. Ella, la materia, la que murmura al oído de la artista cuál es el color que palpita oculto todavía en las sinuosidades de una superficie que parece muda.
Allí está Zulema, en el día, cada día, y en las horas detenidas de la noche. Zulema juega y pliega, pega y despliega; busca los signos con el pincel que tantea, ciego todavía, en busca de claridad. Restos de almohadones, trozos de un tapizado, indicios de papel, arpilleras que florecen transformadas en texturas. Fragmentos que son mundos y fulguran ante sus ojos como piedras preciosas mientras una máquina de coser – Singer, remota – entona para ella la canción de su tarea en una casa inolvidable de Luján. Aroma a retacería. Aroma invicto. Y en la retacería, las voces de sus padres, judíos y polacos, hilvanando oficio y arte en las tardes incontables de la infancia. Y ella ahora, pintora, Zulema, trayendo a flote, con sus manos sembradas de tintas y trapos y telas y arpilleras, la luz remota de otras manos en Luján. Artesana y artista, niña y abuela. Las texturas de sus telas obran como espejos que sólo retratan la intensidad de los sueños mecidos por sus dedos. Mujer convocada por los fondos de sus cuadros, por lo muy hondo. Por lo que guardan como reliquia y enigma sus clarísimos ojos. Restos de almohadones, tapizados. Un laberinto de insinuaciones finalmente vertebradas en la revelación de una intensa expresividad, abstracta y palpable a la vez.
¿Ante qué estamos? ¿Ante quién? Zulema Bekier Kompel nos ofrenda lo que de ella ha hecho el tiempo. Lo que ella ha hecho del tiempo. De su casa poblada de cuadros ha traído estas telas que aquí cuelgan como frutos ya plenos. Amplísima gama de grises, de negros; matices claros que desmienten lo uniforme. Desvelo incesante por el color. Zulema muestra y se muestra. Cumple con su pasión. Deja ver lo que ve. Hace saber, en la materia y el color, de todo lo que la nutre.
Quien pondere estas rugosidades que dan sustento a sus propuestas y proyectan a un primer plano sus fondos insondables, escuchará el susurro de un corazón abierto a la emoción de pintar. Para quien, contemplando, sepa corresponderle, la suya será una obra plenamente hospitalaria.