Por Leandro Vesco

Como si fuera un náufrago en tierra, alejado de los placeres tecnológicos de la vida moderna y de la contaminación consumista, al tresarroyense Edgardo D’Annunzio, de 36 años vive en una casa precaria que construyó a ocho kilómetros de Claromecó. Es nuestro Robinson Crusoe.

Edgardo es carpintero, y trabaja “lo menos posible, solo para satisfacer las necesidades básicas”. Lo hace en Tres Arroyos, “donde viajo lo menos que puedo”, en un taller “lindo, grande, bien equipado”, que es de su tío, y antes perteneció también a su padre. Se especializó en réplicas de muebles antiguos, mezclando en la labor carpintería con ebanistería. “Voy a Tres Arroyos cuando tengo algo fuerte que hacer, por lo general trabajos pactados, y ni bien termino me vuelvo al rancho. No me gusta estar mucho tiempo ni involucrarme en los rollos de la ciudad”, comenta este joven que decidió decirle adiós a los problemas y ocupaciones urbanas para vivir una vida en soledad y ensimismamiento. Muchos desearían hacer lo que hizo.

Sin electricidad, televisión, computadora, teléfono e incluso reloj, el ritmo de la naturaleza marca sus díurnas. “Me acuesto a la noche, cuando el sol se va, debe ser más o menos a las 9 de la noche. Me levanto con el sol, supongo que tipo 5.30 o 6. Desayuno bien, tranquilo. Me voy a la playa a caminar, y luego me dedico a cazar” Caza solamente para comer, lo que mata se lo come, asegura y tiene una lista de presas que encuentra en su entorno. “Liebres y patos es lo que más abunda, pero hay de todo. Perdices también, aunque ahora no tanto. He comido de todo, incluso víboras, como culebritas y yararás. Una vez encontré una casi dentro de la cabaña, y decidí probar”, sin ningún problema nos presenta la receta ideal para saborear ofidios: “Hervida, con arroz, tomate y cebolla”.

Edgardo asegura que “con el agua tengo todo”. Y se refiere a un pozo, del que extrae el vital líquido. Por lo demás, no extraña nada. “Me encantan las velas, las farolas a querosén, cómo ambientan las cosas; cortar la leña, prender la salamandra. Disfruto eso y el trabajo de hacerlo. Son cosas primitivas, creo que con el correr del tiempo nos hemos alejado de eso que nos pertenece en busca del confort, de lo cómodo, de lo rápido. Para mí tiene un gran valor volver a las fuentes, como cazar lo que vas a comer. Es darle un sentido más a la vida, una cuestión más existencial

Edgardo nació en Tres Arroyos y a los 18 años se fue a vivir a La Plata para estudiar, cuando su futuro parecía estar entre los claustros, el llamado de la naturaleza lo convocó. Se fue a Dunamar, y allí se quedó. El mar y el bosque fueron más atractivos que la ciudad. “Laburé de peón de albañil, de pocero, me metí en la pesca un tiempo largo, también soy carpintero… hice varias cosas a la vez”, también conoció una mujer con la que tuvo dos hijos. Pero se separó, sumado a una crisis laboral le hicieron un click en la cabeza que le abrió la puerta al gran cambio. Abandonar todo y seguir solo con la única compañía de la naturaleza.

Se me chifló el moño y me vine al rancho. Traté de dejar absolutamente todo“, reconoce. “Mis hijos vienen, pasan el verano acá en el rancho”, comenta. “Trato de transmitirle a mis hijos la posibilidad de que vean que hay una forma distinta de vivir, de disfrutar de las cosas. No necesitan tele, ni compu, ni nada. Están bien, contentos con lo que tienen. Todo el día haciendo cosas, dibujando, pintando, juntando caracoles, huesos fósiles. Y a la tardecita están que se duermen arriba de la mesa, cansados y contentos; así que una ducha, una cena y a la diez de la noche están durmiendo. Y cuando veo eso se me hincha el pecho de alegría”, reflexiona.

El rancho tiene toda una historia. Lo hizo un norteamericano que vino desde el Norte en comioneta recorriendo todo el continente junto con su novia, frenó su andar en Claromecó, compró un pedazo de tierra y construyó la vivienda. No llegó a habitarla mucho tiempo y por razones desconocidas, se volvió a su país vendiendo el terrreno y la casa, hasta que un amigo de Edgardo la compró, Oscar quien lo ayudó a en su sueño. “El rancho estaba destrozado, producto del vandalismo. No tenía vidrios ni chapas. Con Oscar nos pusimos de acuerdo y lo recuperamos. Colocamos las chapas, los vidrios, la vajilla, las instalaciones, los sanitarios, etc”

Hace cinco años que Edgardo vive solo en la cabaña, alejado de todo y de todos. “Siempre soñé y desee vivir así. Desde que me acuerdo. Lo heredé de mi viejo, que siempre nos llevó a lugares así de vacaciones: simples, al aire libre, con pocas comodidades, básicos” Libros, velas y algunos elementos como una regadera colgada en una pared que hace las veces de ducha para el baño son algunas de las pocas cosas con las que cuenta Edgardo.

Pero el amor obliga a Edgardo a entrar en contacto con la civilización. Tiene una novia actriz que vive en Paris, que además es una prima lejana. Cuando junta algunos pesos la va a visitar. En Europa “los oficios son más valorados que aquí y puedo trabajar” Ana, su amor, vendrá este verano a visitarlo “Le encanta esta vida, la apasiona. Lo suficiente como para venir. Lamentablemente su oficio, su arte, no le permite despegar de París. Para desarrollarse en su profesión, es el mejor lugar donde puede estar”

Edgardo, como si fuera el capitán de un barco, anota en un diario todo aquello de importancia. Necesita que su vida quede registrada en el papel. “La sociedad es bastante hija de puta. Yo no me banqué, ni me banco, ese sistema social, con estructuras, leyes, que impone héroes y anti héroes; arbitrario, que hace que estés arriba o abajo en un solo paso. Es un juego que no me gusta, en el que todos salimos afectados. Más allá de su costado positivo, que también lo tiene, hay cosas muy tristes e injustas que pasan en la sociedad y yo no quiero ser parte. Mi experiencia me ha demostrado que esta vida que llevó es lo mejor que me ha pasado”

Simple, sin demasiadas cosas, este Robinson Crusoe moderno permance sentado en su rancho, viendo la vida pasar, absorto del mundo que lo rodea, sintiendo que lo que está haciendo es lo correcto. Otra clase de vida es posible, Edgardo lo comprueba a diario en su soledad.