Por Matilde Moyano

El verano pasado el norte salteño fue declarado en emergencia sanitaria tras reportarse los fallecimientos de ocho niños de comunidades originarias por desnutrición y deshidratación (aunque el número de muertes es mayor), algo que obligó al Gobierno Nacional a anunciar la ejecución de obras para abastecer de agua a 500 familias.

En marzo murió otro bebé, de un año y medio, en Santa Victoria Este, localidad que recientemente ganó un juicio histórico: La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) encontró al Estado argentino responsable por la violación de los derechos a la propiedad comunitaria y a la identidad cultural de las comunidades indígenas en la disputa por 643 mil hectáreas de esa localidad perteneciente al departamento salteño de Rivadavia.

Con la llegada de la pandemia y el aislamiento, la realidad de estas comunidades se complica, aunque antes que el peligro del contagio está la amenaza de los desmontes y el riesgo de no poder contar con fuentes de alimentación: El genocidio ha continuado sin ningún freno, como las cadenas de las topadoras, haciendo desaparecer el monte, que es el almacén y farmacia natural de los wichi. Al día de hoy, son varios más los hermanitos que no están. Y muchos más que no fueron contados“, escribe Noemí Cruz, coordinadora de campañas de Greenpeace Argentina.

Queremos compartir fragmentos de su nota, por si ayuda a que tomemos conciencia de que la destrucción del medio ambiente y la pérdida de biodiversidad no afecta solamente a las comunidades originarias, afecta a toda la población por igual, porque al destruir nuestro planeta estamos propiciando la aparición de virus emergentes como el Covid-19.

EL CORONAVIRUS PARA LOS WICHI: BOSQUES DESTRUIDOS Y SU TIERRA DIEZMADA
Por Noemí Cruz

Leonardo Pantoja, allá en el monte, resiste como los quebrachos, o tal vez más. “Para el pueblo indígena el coronavirus es la falta de agua, falta de alimentación, salud, no tener título de las tierras, despojos, ese es el coronavirus”.

Mientras los ancianos wichí elevan sus plegarias por todos nosotros, yo siento en mi alma su fortaleza y respiro en este mundo desigual. Recuerdo cuando en la Reserva de Pizarro derribaban el monte; una mujer wichi sollozaba: “Voltean nuestra comida, un año esperando para recoger los frutos y ya no los tendremos. ¿Qué iremos a comer ahora?”

El monte provee cada vez menos. Empobrecido por los desmontes y las fumigaciones, apenas resiste. Los wichí son ese monte.

¿Hasta cuándo seguiremos sin dar importancia a la muerte de nuestro entorno? ¿Hasta cuándo giraremos la mirada y haremos oídos sordos a los reclamos indígenas?

Salta es una de las provincias con más deforestación del país. Según datos oficiales, entre 1998 y 2018 perdió 1.425.493 hectáreas de bosques nativos: muchas de estas zonas, eran el ámbito de comunidades indígenas

El coronavirus de los wichí es ese, el que refiere Leonardo: es un virus constante de hambre y sed, es su tierra diezmada. Para ese virus que mata a sus niños y a sus mayores también, existe la cura, que es el derecho a la Tierra con monte, alimentos y agua. También, el acceso a salud y educación y más, pero primero el territorio y los alimentos.

Foto: Greenpeace
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