La entrada de El Federal hacia el corazón de Comandante Andresito es triunfal cuando cae la tarde y todo se tiñe de dorado.  Hay selva a un lado y al otro del camino y salpicadas entre la espesuras unas casas sencillas de madera. Siempre en medio del verde y el rojo de la tierra. Las plantaciones de eucaliptos y pino liotis son parte del paisaje y fue la solución que se encontró a la necesidad de utilización de madera. Para evitar continuar con el desmonte de la selva, las nuevas plantaciones reemplazaron a la vegetación y árboles autóctonos que conforman el Bosque Atlántico Interior de esta región y que fue diezmado un siglo atrás para conseguir madera, los postes y para “limpiar” tierras para poder dedicarse a la agricultura.
Al final, los cuadros forestados parecen un paisaje abstracto de tan prolijo y ordenado. Es la segunda “casa hueca” que se ve como abandonada y Hugo Cámara, el especialista en naturaleza que nos guía, apunta que se trata de los “secaderos” de tabaco. La planta del tabaco crece como si fuera una acelga, por el tamaño, y las hojas alcanzan unos tamaños enormes también. Durante la cosecha, se cortan las hojas enteras de la planta y luego se cuelgan boca abajo, en manojos, en atados de hojas. De las vigas del techo del secadero. De las símiles paredes de tablones y hasta de los alambrados. Cuelgan las hojas enormes hasta que del verde pasan al marrón, cuando ya casi están listas. Pero no bien dejamos la ruta 101 para adentrarnos por la 25 vemos en medio del cuadro a una familia trabajando. “Es el ‘repique’”, dice Hugo y detiene la marcha del auto. No paran casi vehículos aquí, será la hora, pero cerca de las cinco de la tarde la gente camina por esta calle.

Cuidado intensivo. A la chacra donde entramos le llaman “Lote 2”. Jorge Antúnez, Lorena Graciela Bialezoru y Paula Ylgenfritz trabajan agachados sobre una plataformas donde están acomodados cientos de plantines. Asoman las hojitas de tabaco de dos en dos. Deben revisar que cada plantín esté sano, que no tenga hongos, ni que lo afecte el frío o el calor.  Se trata de un desarrollo genético NC3: la firma les da los soportes, las semillas, todo. Y cada familia de productores se dedica a plantar y cuidar. Luego cosecharán y le venderán a la empresa. Lo cierto es que Paula y Lorena convidan fuego a El federal para fumar un cigarrillo y se ríen porque “vendemos el tabaco bueno y fumamos el malo”. Es que la diferencia es abismal en los precios y a veces sale casi la mitad un atado de cigarrillos de vecino país. Estar aquí junto a la chicas aleja por un momento del concepto de tabaco como perjudicial para la salud. Se produce para vivir y listo. Prolijas, con las manos delicadas y acostumbradas, las dos se agachan sobre las bandejas de plantines y siguen con la tarea de revisar hoja por hoja. Y este tabaco –acota Lorena– es el bueno bueno, es Virginia y es el que se le vende a Brasil”, cuenta. Desde Andresito, Brasil no queda lejos, ni como idea ni como geografía. Está cruzando el río al Oeste.
Al fondo aguarda la estructura de madera que forma el secadero. Es una construcción  hueca, sin  paredes y sobre pilotes de madera con techo a dos aguas  que  deja pasar aire en forma constante.   El sol calienta y transforma en caldo la tarde. La temperatura es espesa y el termómetro llega casi a los 30 grados. El tabaco, junto con la yerba mate y la ganadería, son parte de la base productiva del norte misionero. La gente camina por la calle a través del fin de la tarde. Algún chico en bicicleta y otros descalzos lo siguen de a pie. Vamos hacia la primera parada de noche, en Caburé I, un lodge de la selva que se construyó entre los vecinos de Andresito y la Agencia de Cooperación Japonesa, JICA. Hace cuatro años, los japoneses entregaron el emprendimiento ecológico que hoy maneja la misma gente del pueblo organizados en cooperativa. Hay agentes de viajes prestadores de servicios y hasta guías y naturalistas que la integran. Dos jóvenes se han preparado como chef para que el emprendimiento se luzca hasta en la mesa. La noche gana y se instala. Falta muy poquito para llegar al lodge y convivir con los secretos de la selva mientras el volumen sube cuando sus habitantes del mundo animal asoman en la espesura. Un concierto bajo las estrellas, todo natural.