Carolina Winograd ama la vida al aire libre. Nació en Capital Federal, pero creció en la localidad de Ingeniero Maschwitz, en el norte del GBA. Allí, su padre criaba caballos y ella practicaba equitación. “Todos los fines de semana, y algunos días de la semana cuando salía del colegio, me iba a montar. Competí hasta los 15 años. En uno de los tantos vaivenes económicos de Argentina, mi papá se fundió y no hubo forma de mantener a los animales. Fue doloroso porque era muy apegada a los caballos. Mi hermano retomó el año pasado y necesitaba alguien que los montara, así que estoy andando de nuevo. Ellos necesitan un entrenamiento diario, como un atleta, y a mí me pone muy bien”, celebra. Winograd sigue viviendo en el Norte. Su lugar ahora es Escobar, pero vendrá este viernes a la Capital para presentarse de nuevo en Los 36 billares, un sitio que ya la recibió muy bien hace un par de meses, cuando presentó “Pá’ que se callen”, su disco debut que editó este año. Winograd se luce con una voz muy potente, que se sale de caja si sólo se piensa que detrás de ese rostro aniñado hay una contralto.
-¿Cuándo comenzaste a cantar tangos?
-Canto desde los dos años. A los cinco, era una cita cantar delante de los familiares porque me motivaban. Cuando crecí, me volví vergonzosa y cantaba sola. Hasta que cumplí treinta y en la fiesta me organizaron un karaoke. Fui la última de un grupo grande de cantantes aficionados y cuando escucharon esta voz se sorprendieron de mi registro.
-Tenés una voz de otro cuerpo.
-(risas) Puede ser. Todos los trabajos y proyectos que encaré, lo hice de la misma manera: entrando como una hormiguita pero alimentada a polenta (risas). La voz es el reflejo del alma. Mi alma tiene el espíritu de mi voz.
-¿Qué pasó en ese karaoke?
-En ese, nada. Pero cuatro meses más tarde hubo otro y ahí un señor me dijo: “Nena, con esa voz ponete a hacer algo”. Yo soy abogada y estaba trabajando en un estudio. No lo veía posible, tenía horarios estrechos. En un momento de mucho estrés, me llegó un mail de un concurso de tango en Junín y me anoté. Eran todos profesionales, fue un shock escucharlos antes de que yo cantara. Sin embargo gané, creo que más por carisma que por virtudes vocales. Canté “No puedo olvidarte” y “Tinta roja”. Recuerdo que mencionaban a los ganadores en forma ascendente. Yo seguía los resultados en bambalinas. Mientras mi nombre no aparecía, me escondía más. Cuando oí mi nombre me brotó del pecho una sensación que nunca había sentido. La tristeza que me comí con ese estrés, me abrió las puertas del tango. Me puse de lleno a estudiar. En una milonga me escuchó un productor de Israel y me invitó a participar del “Festival Sudamericano del Neguev”, desierto ubicado al sur de Israel. Recorrí el país cantando durante un mes. Luego estuve en Chicago y en Boston, donde me quedé nueve meses.
-Comenzaste tu carrera de grande, ¿te sentiste sapo de otro pozo en algún momento?
-No. Desde chica viví el tango como algo propio. Es parte de mí, no puedo considerarlo ajeno aunque haya empezado a cantar a los 30. No encuentro desventajas en haber empezado de grande. Todo lo veo como positivo. Si no consideré en un momento cómo empezar, tampoco puedo analizar qué pudo haber pasado conmigo en otras circunstancias (risas).

TANGOS, NADA MÁS. Como escribió el maestro José Gobello acerca de la interpretación, el tango es popular desde sus oscuros orígenes hasta casi la tercera década de siglo XX; es romántico a partir de Roberto Firpo; es vanguardista a partir de Astor Piazzolla (para obviar aquí el antecedente de “La Yumba”, de Osvaldo Pugliese, y otros, más lejanos todavía, como los que proponen algunos tangos de Agustín Bardi). El tango compadrito o popular es alegre: el tango romántico es sentimental y melancólico; el tango vanguardista es ansioso. El intérprete -no solo el ejecutante, no solo el director, sino también el orquestador, porque éste interpreta antes que el director y antes que el ejecuntante- debe expresar la alegría de “El choclo”, la melancolía de “La cachila” y la ansiedad de “Verano porteño”, y así como, de hecho, nadie interpreta “Verano porteño” como si estuviera interpretando “El choclo”, tampoco debe interpretarse “El choclo” como se interpreta “Verano porteño”.
-¿Te condiciona cantar algunos tangos con un registro tan grave? 
-Sí, siento que a veces le quito brillo a algunos. Siento que la voz es pesada y algunos tangos piden otro tipo de intérprete. Mientras el repertorio lo elija yo, vamos bien. Tendré cuidado con los bises (risas). Trato de respetar eso. Hay tangos que sólo canto en mi casa y prefiero escucharlos en la voz de otros cantores. Cantar un tango es como el trabajo de un sastre: tenés que encajar en la medida justa.
-¿Cómo cuidás la voz?
-Los cuidados de la voz son los habituales. Yo soy vegetariana, desde muy chica rechazaba la carne, tal vez por mi amor hacia los animales. Mi mamá se acercó a la macrobiótica y en casa había decenas de libros sobre el tema. Aprendí que se podía comer de otra manera. Disfruto de una vida más sana, eso se refleja en mi interior y, por qué no, en el exterior también. Comer carne te envejece más rápido. Lo que le das a tu cuerpo, tu cuerpo no lo puede eludir. Tengo mis creencias puestas en lo que como. Tengo cuidados.
-¿Con quién estudiaste?
-Estudié con Gerónimo Seghuezzo y canto con Cecilia Bocot. Después estudié con la soprano Marta Covadlo y, mientras estuve en EE.UU., con Clara Sanders, del conservatorio de Boston. Ahora tomo clases de canto con Sandra Luna.
-¿Te gustan las nuevas orquestas de tangos?
-Sí, pero como decía Troilo, no existe un tango viejo y otro nuevo. El tango es uno solo. O lo hacés bien o lo hacés mal. El tango nació del pueblo, hay tango que se escribieron en el siglo pasado y hoy gozan de la misma fuerza.
-¿Quién tiene deudas con el tango?
-La televisión; hay muy poco sobre el tango. Y eso es malo: le estamos quitando lugar a nuestra identidad. Como pueblo deberíamos modificarlo. Lo positivo es que hay mucha gente joven y gente no tan joven que pelea por el tango desde joven. Entre los tangueros hay una confraternidad que debemos celebrar. Eso es para el que toca y para el que canta. Todos peleamos para que haya más espacio.
-¿Qué le falta al tango?
-Las nuevas letras, por lo menos las que me llegan a mí, no me tocan la fibra. Es cierto: a diferencia de otros tiempos, creo que este es un mundo más superficial. Hay muy pocos poetas que están a la altura de los grandes, como Eladia Blázquez. Los tangos que hoy escuchamos como modernos se escribieron hace 40 años.
-A poco de dar un nuevo show, ¿qué pensas de este momento?
-Todo es un premio. Estar dentro del ambiente, relacionarse con algunas personas que están desde hace mucho en el tango; poder dialogar codo a codo con ellos, lo siento como una bendición. Los intercambios son muy ricos.