“Y, sin embargo, para entender el efecto que ha

tenido en mí, tienes que saber lo que vi cuando

remonté aquel río…”

                               

                         El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad.

 

Textos y fotos Tony Valdéz

 

En la novela que abre estas líneas, el personaje navega río arriba en busca de una persona. Algo parecido debió hacer este cronista, tratando de saber cómo funcionan los barcos almacén que surcan los ríos y arroyos del amplio Delta del Paraná.

Allí, en el mundo de aguas marrones y cursos angostos, hay cuantiosos recuerdos del pasado. Muy útiles en esta época de despersonalización del “almacenero del barrio”, una figura que se ha ido muriendo de a poco al calor de las grandes cadenas de hipermercados y de las modestas góndolas de los supermercados chinos. Al no poder competir su libreta de tapas negras con el posnet del dinero plástico se fue definitivamente del barrio.

Eso que uno ve cuando remonta el río es que ese almacén perdido todavía existe. Pero en lugar de los clientes ir a él, el almacén va hacia ellos, dando forma a una versión acuática (y bastante más radical) del delivery o, si prefiere, de la modalidad de entrega a domicilio.

No voy en avión

El barco Picaflor IV es comandado por Aníbal, alías “Cachito”. Además del capitán, la tripulación consiste exclusivamente en su ayudante Rodrigo. Cada día surcan el río Carapachay en todo su recorrido, llevando víveres y utensilios necesarios para los isleños y para aquellos que están de vacaciones en alguna de las tantas casas que se ven mientras nos internamos río arriba.

De dimensiones similares a las conocidas “lanchas colectivo”, su interior es el interior de un viejo almacén de barrio. Estanterías llenas de paquetes de harina, latas de tomates, salsas, frutas envasadas, bebidas con y sin alcohol, pañales y preservativos, pilas alcalinas y comunes, fiambres, frutas, pan, carne vacuna y pollos. También todo aquello que necesitan los que viven rodeados por el agua: garrafas, carbón, lavandina, pintura, elementos básicos de ferretería.

De pronto, un navegante, desde su velero y usando las manos como megáfono, grita desde el centro del río: “¿Tenes levadura?”. A la señal afirmativa, ambas naves proceden a las maniobras de amarre para efectuar la transacción comercial. Y así, mientras nos sobrepasa una chata de troncos, se lleva el indispensable producto alguien que con el horno de barro caliente descubrió que no podía hacer su pan y se largó a navegar para conseguirlo.

El viaje

Mientras el barco abre las aguas, Aníbal cuenta que este es un ejemplo de venta que se da habitualmente, ya que muchos van circulando por los cursos de agua y su barco almacén cumple el rol que ocupan los quioscos en la ciudad. La gente sale a buscar lo que le falta, pero en lugar de caminar unas cuadras, aborda un bote o una lancha.

Muchos clientes le envían mensajes de texto con el pedido a dejar en sus muelles, ya que estarán ausentes al paso de la nave. Aquí, como en tiempos remotos, Aníbal acude a la célebre libreta de almacenero donde anota “al fiado” lo que va dejando. “Si no confío en mis clientes, ¿qué hago?”, se pregunta este almacenero del Delta, cuyos clientes son casi como de la familia.

En un muelle hay una canasta de mimbre apoyada, el barco aminora la marcha y comienza a acercarse. Como no hay nadie a la vista, Aníbal explica que es una antigua costumbre que aún mantienen los viejos isleños. La canasta de mimbre en la punta del muelle es la consigna de que hay un pedido dentro.

Mientras Rodrigo va llenando el canasto con la mercadería que figura en la lista, aparece el dueño de casa. Otra característica muy interesante es la relación que mantiene la gente con el capitán almacenero y su ayudante, cordial y cercana, apoyada en la cotidianidad a otro del río, que las noticias domésticas se propaguen.

El punto de encuentro (el único) es el muelle: la mayoría de la casas tienen el propio. Y los clientes, al realizar y recibir los pedidos, están casi acostados al nivel de la nave, detalle que le otorga un rasgo curioso al intercambio.

Como sucede en la novela de Conrad, a medida que se remonta el río, el paisaje cambia. Cuanto más lejos vamos, más humildes son las casas y las personas, que deben conformarse con poco, porque la lancha almacén se va vaciando.

El día se va terminando y uno va pensando en la lancha, pero también en la vida actual: el barco almacén como una metáfora de la sociedad moderna en este pequeño lugar de viejas costumbres.