Por Antonella Sanchez Maltese

Empobrecida, pequeña y castigada. Así era La Rioja de 1968, en la que ese 24 de agosto
desembarcó monseñor Enrique Angelelli, sin sospechar entonces que esas montañas y ese árido suelo iban a ser los últimos wwwigos de su vida. El paisaje le dejó sus marcas, y, como en un ida y vuelta secreto, su obra marcó a La Rioja: cambió la imagen conservadora de la iglesia como institución.

Cimientos de una impronta social. Enrique Angel Angelelli había nacido el 17 de junio de 1923 en Córdoba, donde cultivó un fuerte sentido social. Tenía 26 años cuando fue ordenado sacerdote en Roma y allí terminó sus estudios religiosos. En su regreso al país fue a dar a la parroquia San José, en el popular barrio Alto Alberdi, y  como capellán en el Hospital de Clínicas. En La Docta industrializada y obrera de aquellos años, el cura se forjó en el trabajo en las villas.
A los 29 años ya lo habían designado asesor de la Juventud Obrera Cristiana, movimiento que conoció bien durante su estadía en Italia, donde se relacionó con su fundador, el sacerdote José Cardjín.
Para entonces, Angelelli ya tenía un sólido perfil humanitario y social: ayudaba en la pastoral universitaria, asesorando centros de la Juventud Universitaria Católica y visitaba las parroquias rurales con un rol clave; intercedía en conflictos gremiales y barriales. Desde antes había elegido sin pensar si lo suyo era o no una elección: los pobres. En sus homilías exhortaba a ser solidario, pero iba más allá. “Se nos presenta un porvenir inseguro, efecto de una de esas situaciones graves que se manifiestan bajo las formas inhumanas de la desocupación, carestía de la vida, bajos salarios, escaso rendimiento del poder adquisitivo, alto déficit de las viviendas, hospitales abarrotados, niños enfermos y desnutridos, carencia de una asistencia médica social vigorosa y congruente”.
Para 1960 es Obispo Auxiliar de Córdoba, y Vicario General de la Arquidiócesis. Cuando lo consagraron, desde la primera fila de la Catedral provincial, lo bañaron los aplausos de los obreros cordobeses. Supo que su elección de mirar más allá de las paredes de un templo -como solía decir un cura cercano- le iba traer satisfacciones y dolores, como la rosa que perfuma y lastima. Por eso generó resquemores en la jerarquía católica de Córdoba, que postergó su designación como obispo. Pero Angelelli obraba bajo los preceptos del Concilio Vaticano II, impulsado por Juan XXIII, que había dividido las aguas en la estructura de la Iglesia Católica. Esta nueva posición, surgida a principio de 1960, dio a luz un sector de sacerdotes progresistas conocidos luego como los “tercermundistas”. A finales de los 60 empieza su romance con la tierra riojana: el Papa Pablo VI lo nombró obispo de la Diócesis.
    
Un visitante especial. Nilda Toledo de Heredia no olvidará nunca aquel día de septiembre de 1968. Carrizal pertenecía a La Rioja, pero a excepción de sus habitantes, pocos sabían de él. Y es que un paraje a la vera de la ruta 9, árido, inhóspito y castigado por el clima, parecía no tener otro destino más que el del olvido. Nilda era docente en la escuelita que funcionaba en un local del ferrocarril, aunque combinaba esa labor con la de ordenanza, catequista y enfermera, “Porque no había nada en el pueblo”, aclara.
Por esos días, empezaban las diligencias para que al menos haya una escuela. “Era un lujo para Carrizal”, dice Nilda, que se impuso otra labor. “Pensé en buscar un sacerdote para bendecir la escuela, y al mismo tiempo, como daba catequesis, preparar a los chicos para la comunión y aprovechar ese momento para que vengan a un pueblo que nadie visitaba”, recuerda Nilda. Hacía un mes que Angelelli había pisado por primera vez ese suelo y la maestra estaba enterada. Mirando volar la tierra revuelta por el viento, le escribió una carta. Y esperó. El día de la inauguración tan ansiada lo vio llegar, asombrada. “Llegó en su camionetita, solo. Bajó con pasos lentos, firmes, con su ponchito al hombro. Fue una gran alegría para el pueblo”, recuerda Nilda como si el tiempo se hubiera congelado y ella lo siguiese viendo al cura bajando del vehículo en aquel páramo riojano. “Se hizo a un costado -continúa- y me preguntó por qué no estaban los hombres. Le expliqué que habían comenzado a trabajar en la ruta, y la empresa constructora no les dio permiso para ir a la ceremonia; se puso muy triste, bajó la cabeza y me dijo ‘parece mentira, cuando tienen una oportunidad para compartir, escuchar la palabra de Dios, algo tan importante para el pueblo… Qué lástima que todavía haya gente que no entienda’”, se lamentó. 
El “Pelado” -como lo llamaban con cariño- se cuela en recurrentes anécdotas que orgullosos guardan riojanos que sienten la dicha de haber compartido con él. De ellas es posible deducir quién fue este religioso asesinado por la dictadura militar un 4 de agosto de 1976. Hijo de inmigrantes italianos, lo describen sencillo y fraterno, pero lo recuerdan valiente y sincero. “El siempre quería estar con la gente más pobre, más humilde, ayudar, y evangelizar. Lo mejor que me podía haber pasado en la situación en la que estaba como docente, en un pueblo tan chico, tan pobre, y olvidado. Su visita llegó a todos y creo que ayudó a la gente a ser más creyente”.

La iglesia de puertas abiertas. “Vayan, pónganse verdes de tomar mate con la gente; después vengan y vamos a ver si el proyecto de ustedes sirve para esta gente”, les advertía el obispo a quienes se acercaban para sumarse a su pastoral. Con esa manera frontal Angelelli rompió esquemas, cosechó enojos y adhesiones en partes casi iguales, en una sociedad conservadora donde la iglesia estaba reservaba para las clases más pudientes. En ese contexto, celebrar una misa en un barrio como él acostumbraba hacerlo, no podía interpretarse sino como una provocación. Vestía sencillo, contrariando a su jerarquía de obispo, y lejos de ser distante al pueblo como era hasta entonces la relación de una máxima autoridad religiosa, el mayor tiempo de su prédica lo encontraba en patios polvorientos recién regados, tomando mate con los vecinos.
Desde su llegaba a la tierra de los caudillos, ese hombre con un fuerte sentido de justicia se había convertido en una voz disidente. Denunciaba la usura en la ciudad y fomentaba la creación de cooperativas de trabajadores que se hicieran cargo de las tierras de la región de la costa riojana. Sus homilías no se apartaban nunca de la realidad social, donde las diferencias de clases molestaban tanto como el sol de enero.
Conducía la diócesis abriendo las puertas. Dejaba hacer a quienes trabajaban a su lado, yendo en contra de la racional verticalidad de la iglesia. Conocía a cada uno de sus colaboradores y reparaba en detalles mínimos. Pero el Proceso Militar que se había instalado en el país el mismo año de su asunción había empezado a ensañarse con su entorno. Los curas y laicos eran difamados, su círculo amenazado, vigilado, y citado a interrogatorios hostiles.   
Angelelli viajó a Córdoba para entrevistarse con Luciano Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo del Ejército. Lo quería poner en aviso de las persecuciones. Menéndez lo recibió con una sonrisa falsa y los modales necesarios para una autoridad eclesiástica. Lo escuchó sin asombro contar las peripecias propias y de la gente de su orden y antes de irse lo miró a los ojos, severo: “El que debe cuidarse es usted padre”.
 
 El final anunciado. En julio de 1976 fueron secuestrados y luego asesinados en un descampado dos de sus sacerdotes de Chamical, Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville. Una semana después, un grupo de tareas hizo lo propio con su colaborador, el laico Wenceslao Pedernera, fusilado en la vereda de su casa, en Sañogasta, al oeste riojano. Angelelli sabía que las muertes tenían un mensaje impreso: el círculo se cerraba a su alrededor. La noche anterior a su asesinato había comentado a sus íntimos la que a posterior se conoció como teoría del espiral; ubicaba a los detenidos, amenazados y asesinados alrededor suyo, para terminar con él en el centro del círculo. “Es a mí a quien buscan”, les dijo aquella noche. Y no se equivocaba.  El 4 de agosto viajaba desde Chamical al volante de la modesta Fiat Multicarga, con destino a la capital riojana. Acompañado por el cura Arturo Pinto, iba por la ruta 38. A seis kilómetros de Punta de los Llanos, un vehículo “posiblemente blanco”, tal vez un Peugeot 404, que circulaba en la misma dirección, encerró “bruscamente” por la izquierda al que manejaba el obispo y lo obligó a morder la banquina derecha. El cura intentó volver a la traza, pero recibió una nueva descarga desde la izquierda. Tras 80 metros de persecusión volcó. Sus matadores eran implacables: arrastraron a Angelelli, descalzo, por 25 metros desde el reposo final de la camioneta.
En 1986, el juez riojano Aldo Fermín Morales había dictaminado que su muerte obedeció a un homicidio premeditado y esperado, pero no avanzó en los responsables directos e indirectos.
El mes que viene se cumplirán 35 años de la desaparición física del hombre que quebró para siempre a la iglesia riojana; desde entonces entendió el deber de mirar más allá de las paredes del templo. “Si hoy viviera estaría peleando por una iglesia sin discriminación”, asegura el cura rosarino Henri Praolini, continuador de su pastoral en La Rioja; esa tierra empobrecida, pequeña y castigada en la que el cura dejó su sangre.