Ricardo Sandoval está sentado sobre una paradoja. Nació en un rancho de adobe en el impenetrable chaqueño, y como todos sus hermanos de la etnia nam qom, aprendió a resistir desde chico al maltrato ancestral del conquistador. En su militancia social cortó rutas, manifestó, hizo huelgas de hambre y presentó demandas, exigiendo justicia para los pueblos originarios.
Hasta que el domingo 18 de septiembre pasado, un día antes de su cumpleaños número 37, con un 27,37 por ciento entre 1.604 votos sufragados, lo eligieron para gobernar al municipio de El Espinillo, en el norte de la provincia del Chaco. Ahora será el primer intendente aborigen de su provincia, acaso del país.
Pero deberá jugar con las reglas del hombre blanco.

Cultura. Los qom –también conocidos como tobas- viven en comunidades situadas, mayormente, en tierras fiscales. También suelen migrar desde su monte natural a barrios marginales, creados a la vera de grandes ciudades, como Resistencia. Tradicionalmente dedicados a una economía extractiva (caza, recolección, pesca), las acciones de desmonte han puesto en jaque su propia subsistencia, y los llevaron a dramáticos procesos de desarraigo.
Como agricultores, los tobas/qom cultivan algodón, maíz, porotos y mandioca. Y generalmente son la mano de obra barata de los ingenios, obrajes y aserraderos, aunque fundamentalmente, son quienes cosechan el algodón.
En el área de Villa Río Bermejito, en el noroeste chaqueño, a los qom el gobierno provincial les otorgó 140 mil hectáreas de monte para que hicieran su reserva. Fue prácticamente la única concesión que le hizo la política a un pueblo humillado, sometido y diezmado.
Sandoval mira con desconfianza al periodista que viene de lejos. Habla con parquedad, mira hacia abajo. Puede tardar minutos en meditar una respuesta, antes de darla. Los caciques de las distintas etnias bendijeron su futura gestión, y lo ungieron en una ceremonia multitudinaria, en el fin de semana del 18 al 20 de noviembre.
 La primera aparición pública del dirigente social fue en 2006, cuando hizo una huelga de hambre al gobernador radical Roy Nikish. Ese mismo año denunció penalmente, por racismo, al descendiente de alemanes Lorenzo Heffner, por entonces (y hasta hoy) intendente de Villa Río Bermejito, en el Departamento de General Güemes. Justamente a esa localidad pertenecía el paraje El Espinillo, hasta que el 11 de agosto del año pasado la provincia lo separó y convirtió en un municipio de 7 mil habitantes, 70 por ciento de los cuales son aborígenes.
En las últimas elecciones provinciales, con una alianza local Sandoval decidió jugar sus tantos en la política, y se postuló como candidato a intendente por una fracción del Frente para la Victoria. Aunque no era el candidato del gobernador Jorge Capitanich, desde Resistencia alentaron su candidatura. Y con 439 votos, ganó. En un distrito de alta conflictividad en las etnias aborígenes. Sandoval toma su triunfo como un desafío para dar a conocer las demandas de su gente y canalizar ayuda, desde adentro del sistema político.
En cambio, en la capital provincial aseguran que, al aceptar someterse a los mecanismos de la Constitución de los blancos, el líder qom perderá poder de fuego. “Ahora Sandoval deberá ponerse en la cola de los intendentes y peregrinar a Resistencia para pedir plata al ‘Coqui’. A partir de aquí, si quiere ver la coparticipación, antes va a tener que desactivar él mismo los cortes de ruta de sus indios.” especula un referente del peronismo local.

Sorpresa. ¿Oportunidad para reivindicar a su pueblo, o una nueva y solapada forma de sometimiento? “Ganar fue una sorpresa para mí, y para todos los chaqueños. Porque nosotros, los indígenas, no nacimos capacitados con una estrategia política y nunca tuvimos un cargo. Mi mamá es una analfabeta. Mi historia de familia es la de gente que se dedica a las changas más baratas. Una familia numerosa que nació de la pesca de la marisca”, dice.
-Ancestralmente, las etnias originarias fueron sometidas al maltrato del blanco. ¿Por qué cree que ahora un aborigen alcanza una intendencia?
-Porque hay una mayoría numerosa de indígenas que sienten esa necesidad de cambiar la mentalidad, pensar y hacer un nuevo futuro, que sea distinto. Nosotros, cuando éramos chicos, no podíamos estudiar porque la época de la cosecha del algodón era la misma que tenía la escuela, y toda la familia trabajaba. En nuestro territorio, casi el ochenta por ciento del pueblo es analfabeto. Yo estudié en Castelli (la ciudad más cercana a El Espinillo, distante 94 kilómetros) por cuatro años el secundario, que me quedó incompleto. Ahí me volví a mi zona. El intendente me dio un trabajo. Ahí sentí que el pueblo de mi raza es muy abusado por la política. Y desarrollé la mentalidad de que no deben ser así las cosas. Un político busca la estrategia para que a un hermano que habla bien y entiende lo que pasa, “se lo amanse.” Mi mentalidad no aceptaba que maltratara a mis tíos. Y eso, al ser nacido aborigen, me molesta. Allí explotó la lucha, y yo la encabecé. Hicimos el Instituto Aborigen y demandamos ante la justicia a estos políticos que tenían tan abandonados a los hermanos.
-En su gestión, ¿buscará reivindicar a su raza?
-Antes de que se aprobara la municipalización de Espinillo, les dije a los hermanos que en los 63 municipios del Chaco no hay ningún aborigen a cargo, y que lo que teníamos que hacer era pedir una ley que diera el control a los indígenas, para que defiendan nuestros territorios. Porque cualquier intruso, empresario, o el mismo municipio, nos terminaría comiendo la tierra. Pero en ese momento, no tuve apoyo. Crearon un reglamento para que los indígenas ocupen el concejo deliberante, pero que el intendente sea para todos. Yo no estoy de acuerdo con eso.
No son gratuitos los temores del intendente qom acerca del control de la tierra: en marzo de este año, el gobierno provincial acordó con el consorcio árabe Alkhorayef, con el aval del rey Abdullah bin Abdulaziz, la entrega de 210 mil hectáreas de tierra para producir alimentos destinados al país árabe, a cambio de millonarias inversiones en infraestructura. Las tribus reclaman para sí gran parte del territorio comprometido en aquel contrato.
-Usted fue elegido en un municipio que tiene población indígena y criolla. ¿Piensa gobernar para su gente, o para todos?
-Para todos. Lamentablemente.

Críticas. Sandoval vive austeramente con su esposa, Rosa Santos, y sus seis pequeños hijos, en una humilde pero digna vivienda de ladrillos ubicada en el casco urbano de El Espinillo. Al pueblo emergente, de calles polvorientas, perdido en el interior del Impenetrable, la ayuda oficial llegó recién en los últimos años. La vida transcurre allí sin demasiadas expectativas, y la falta de trabajo y desarrollo económico terminan expulsando a los jóvenes, o empujándolos al consumo temprano de alcohol.
Yésica creció con los aborígenes. Es blanca y compartió la escuela bilingüe, en español y en toba, con los qom. Pero afirma que, con el correr de los años, los propios indígenas empezaron a discriminar y a separarse de los criollos. Dice que al puesto sanitario del pueblo no quiere ir ningún doctor, porque sino los chamanes indígenas lo agreden. Y que el intendente electo beneficiará a sus paisanos, a expensas del resto. “Todo se los dan a los qom. Dicen que son discriminados, pero los que discriminan son ellos”, afirma la joven. “Les dan cajas de comida, planes sociales, viviendas. A los criollos, no nos dan nada”, acusa. Y Sandoval asegura: “Yo no siento diferencia entre un hermano aborigen y un criollo que nació en este territorio.”
-¿Qué plan de gobierno tiene para El Espinillo?
-Al ser de una familia pobre, me gustaría personalmente, expresar mi inquietud ante la Presidenta de la Nación. Y que el gobernador me reciba a solas. Más que nada, me preocupa tener una ruta asfaltada para llegar a nuestra zona. Lo otro más principal, es el agua. Ya que estamos entre dos ríos, el Teuco y el Bermejo, necesitamos un acueducto para tener agua potabilizada.
-Hoy recorrimos el pueblo y las casas eran de material.
-Lo que vos estás viendo no es solamente eso. Hay otras comunidades alejadas que todavía están sufriendo. Hay muchos hermanos que todavía no tienen casa, porque de la edad cero a la edad ochenta, en total son siete mil habitantes en El Espinillo. Sólo en el paraje Palma no se hizo ninguna vivienda, y hay más de treinta familias. En Algarrobal, setenta. En Las Tunillas, hay como veintitrés familias sin casa. Todos con ranchos.
-¿Cómo espera vencer el enfrentamiento ancestral entre criollos e indígenas?
-Todo esto, de ser posible, voy a ponerlo en mis manos y mi corazón, y le ruego al Tata Dios que me vaya bien.
-Usted no va a discriminar.
-¡Claro que no! Nosotros somos pacienciosos. Hace 514 años, la Argentina era nuestra. ¿Cuándo hemos reclamado? A nuestros abuelos los mataron para robar las tierras. ¿Cuándo hicimos así, y discriminamos a los blancos? Jamás. Yo tengo una sangre muy distinta a los blancos.
-¿…?
-Mire, los indígenas se convidan entre ellos. Mis tíos, mi abuela, otros vecinos, se convidan harina para amasar pan. Sacan un puño de una bolsita y lo ponen en otra, para dárselo a otro. En la cultura de ustedes, eso no se hace. La moneda de ustedes es mezquina. Muchos intendentes aprovechan para hacerse una casa de lujo para sus familias. La casa que yo tengo, usted la vio.
-Usted me confunde cuando habla de los políticos, porque lo es también.
-No. Un político debe ser preparado, tener una estrategia política. Yo no. La gente me eligió porque ve que me preocupo por tener algo para mi pueblo.
-¿Su comunidad depende de los planes sociales?
-Más que nada, pensiones de discapacidad. Si sos médico, sabés muy bien rescatar mi historia desde el vientre de mi mamá, la comparás con la de tu hijo, y vas a ver que no son iguales. Mi mamá, cuando está embarazada, vive en una choza de barro, las vinchucas entran, a mi mamá la pican y al bebé le afecta. El bebé nace enfermo. La mayoría de los indígenas tiene tuberculosis, por eso merecen recibir la pensión por discapacidad. Los políticos dicen: “los indígenas están sanos, están bien”, y nos mandan a trabajar. Pero no están bien, están mal. En El Espinillo tomamos agua de cuneta, de la laguna. No nacimos de tomar agua mineral.

Vicio. Es una escena recurrente de las calles de El Espinillo. Son las cuatro de la tarde, y en todas las cuadras, frente a kioscos o ramos generales, hay grupos de hombres bebiendo. Algunos apenas pueden sostenerse en pie. Otros deambulan con dificultad por el pueblo. Otros –posiblemente los que comenzaron a beber más temprano- yacen tumbados en el piso. No pocos de ellos, inconscientes.
“Tenés que ver lo que pasa cuando cobran los planes”, afirma el kioskero Raúl. “Si venís a las seis de la tarde, tenés en toda esta cuadra frente al kiosco un tendal de personas en el piso, completamente borrachas. Consumen alcohol hasta desmayarse, y hasta gastar la pensión completa”.
-Ricardo, Hay dramas sociales en El Espinillo, a los que tendrá que hacer frente. Como el alcoholismo, por ejemplo.
(Se ofusca) -Tenés razón. Porque vos venís no sé de dónde, abrís los ojos y ves que hay un indígena tomando cerveza. Por supuesto, es la vida de las personas. ¿Cuándo yo voy a criticar que vos andás en cuatro por cuatro?
-Yo también tomo cerveza, y no padezco una adicción por eso. Y no tengo una cuatro por cuatro.
-Vos venís, y me decís que si un hermano cobra pensión, que un hermano está tomando… Si vos querés, preguntame qué necesita un indígena. Pero esa pregunta que estás haciendo, no la acepto. Tengo un trabajo que tengo que cumplir, y yo voy a cumplir. Le preocupa a mi comunidad. No me gusta lo que vos decís.
-No quiero ofender. Usted será funcionario público y tendrá responsabilidad. Muchos jóvenes en El Espinillo son víctimas del alcohol.
-¿Cuál es el interés de ustedes? Porque ya dijeron que los indígenas “tienen vivienda”, “tienen plata”, “están cobrando planes”. “Los qom están borrachos.” ¿Qué quieren conocer? ¡Ahora, pregúntenme!
-, No hay mala intención. A usted no le gusta escuchar preguntas incómodas. ¿Está seguro que podrá soportar la presión de gobernar?
-Un poco me calenté, porque ya me estás mencionando todas esas cosas. Por eso no me gustan los periodistas. El municipio recién comienza. No tenemos nada. Y por ser el aborigen, de sorpresa, quien asume la intendencia, no sé cómo hago. Espero el presupuesto que me den. Por supuesto, ésa es mi mayor preocupación. Porque si digo que voy a solucionar esto, esto y esto, y no sé cuánto puedo gastar, entonces no tiene sentido.
-Tiene lógica. ¿Cómo elegirá a sus colaboradores?
-En los años que ganaron los políticos, jamás llamaron a un aborigen. En mi gestión, yo soy el jefe. Tengo que distribuir los cargos. Y todos serán para aborígenes.
-¿Cómo se imagina que será la vida de un nene que crezca en El Espinillo dentro de diez años?

-Tiene que ayudar. Y aprender a estudiar. Que tenga todo lo que hace falta para educarse. El indígena necesita educación, vivienda y la integración al trabajo. Hay aborígenes que son ladrilleros, o ganaderos. Es importante apoyarlos. O mecánicos, o choferes, o aborígenes que tienen un título secundario o terciario, y merecen tener un trabajo acorde. Que pueda trabajar hasta dónde llegue su capacidad. Y lo más importante: que no sea “cabeza agachada”.
-Que no se someta.
-Exactamente. El indígena es una persona siempre pacienciosa. Así se aprovechan todos. En el futuro, tiene que ser bien fuerte, y enfrentar las cosas que no le gustan. Así como yo. Más allá de que sea compañero de la misma bandería, si una cosa no me gusta, se lo voy a decir al gobernador, porque para eso me eligieron. Nunca más nos pondremos de rodillas.