Por Raúl Oscar Finucci  / ?Fotos Agustín Lorences y Daniela Havas?

Poco a poco la niebla se va disipando y el sol hace fuerza como para que el día sea espléndido. Dejamos atrás los caldenes y algarrobos y la hacienda que se escabullía en el monte a nuestro paso, y fuimos llegando al campo abierto, porque adelante estaban los médanos, una imagen increíble donde aquella definición de “desierto” se hace realidad, aunque sabemos que en las épocas del gaucho no era una definición toponímica sino el significado de “la nada”; la posibilidad de morir a manos del “infiel”.
 
Cuando divisamos médanos de cierta altura y la columna casi ordenada como en un desfile sigue a los punteros, Guillermo Bracco pega un grito señalando a la izquierda de nuestra posición. Por la ladera del médano una piara de jabalíes sube corriendo al vernos llegar. De pronto los perros se alborotan y corren bajo un gran caldén donde un pequeño jabalí se esconde por haberse quedado rezagado. Los perros hacen su trabajo y el “Ruso” el suyo, para que el chancho salvaje forme parte de la cena. Fue la primera emoción, la mayoría nunca había estado en una situación así.

Continuamos hasta meternos en los médanos. Ahí nos encontramos con la segunda sorpresa para los participantes de esta cabalgata por la tierra pampeana. Allá en la loma, un hombre de vincha y poncho sobre sus hombros, acaricia la tabla del pescuezo de un caballo oscuro. Antes de llegar a él reuní a todos y les expliqué que era Nazareno, un “Lonco” (Cacique) Ranquel de Victorica, La Pampa, quien nos esperaba para ayudarnos a internarnos en su mundo. Les pedí a todos que olvidemos nuestras diferencias con respecto a la Conquista del Desierto, ya que los tradicionalistas, por lo general, tenemos una visión particular de la cuestión del indio. Sería el encuentro de dos culturas, como en épocas de la llegada de los españoles. Acaso suene grandilocuente, pero los que estuvimos allí lo sentimos así.

Nazareno nos recibió con el clásico saludo “marí, marí” y nos invitó a entrar a la “palangana” donde los ranqueles desarrollaron su vida en los toldos y donde el agua filtra por la arena se deposita a pocos centímetros de la superficie y permite tomar agua dulce, un bien escaso en la zona. Nazareno nos invitó a levantar nuestras palmas al sol para hacer una rogativa que emocionó a todos, como cuando cantamos el himno antes de partir. Según dijo, pidió por todos los que allí estábamos y por la paz y el bienestar de todos. Fue un momento especial.

Hacer tradición

Salimos de la “Palangana” acompañados por Nazareno con rumbo a los “Corrales del Salado” donde un campamento improvisado nos esperaba para el almuerzo. Allí desensillamos, comimos un buen costillar y nos tiramos a descansar un rato para seguir la cabalgata hasta el campamento donde pasamos la noche. Una vez que llegamos al nuestro “dormitorio”, bajo los caldenes, les dimos la segunda sorpresa a los participantes; un resuello y a montar para ir a juntar la hacienda para apartar los terneros que serían capados al día siguiente.

Fue muy divertido el arreo y a la vez trabajoso ya que muchos animales se metían en el monte y había que sacarlos para juntarlos con la tropa. Una vez en los corrales comenzó el aparte. Algunos se metieron a limpiar y separar mientras Omar Nieto se encargó de “la puerta” haciendo trabajar muchísimo a su gateado con gran solvencia. Un gran atajador.

Con Miguel Montero nos ocupamos de recuperar los machitos que pasaban al corral grande para devolverlos con los demás. En un cruce Santos Martínez me dice: “Qué generoso es Carlitos, no todo el mundo pone a su hacienda a disposición de un montón de tipos para que se diviertan”. Es cierto. Muy cansados volvimos al campamento, pero muy felices por el “trabajo” realizado. ¿Hay mejor forma de hacer tradición?

En el estanque nos pegamos una lavada y nos preparamos para cenar armando antes las “camas”. Se encendió el grupo electrógeno para que se prendieran las luces y se enfriara la bebida, mientras el “Ruso” y el “Mozo” cuereaban un cordero que junto al jabalí con pelo, conformarían la cena.

Vino de Victorica el cantor Pedro Cabral, que junto a Omar entretuvo ala paisanada que de cansada acompañó cantando bajito pero con ganas. Temprano nos fuimos adormir, aunque un grupito quedó emponchado cerca del fuego, hablando de lo vivido y de cuestiones que hacen a nuestra tradición. Yo me acosté cuando aún estaban las luces prendidas y al apagarse el equipo tuve la hermosa imagen de las enormes y brillante estrellas apareciendo entre las ramas que me hacían de techo. Algunas bromas se escuchaban de vez en cuando, que fueron menguando hasta que todos nos quedamos dormidos.

Camino ranquel

Desayunamos y volvimos mil metros hasta los corrales, porque venía la capada. Se prepararon los pialadores y empezó el trabajo. Nos divertimos mucho con el placer de estar haciendo, una vez más, lo que todo tradicionalista desea; hacer los trabajos del gaucho. Volvimos para el almuerzo y la siesta, ya que por la tarde nos esperaba el transitar las rastrilladas, esas avenidas por donde la indiada entraba y salía de los malones llevando, a la vuelta, la hacienda robada y las cautivas, entre otros botines de sus incursiones. “Rastrillada”, como hemos explicado, es el nombre que se les daba a esos caminos marcados en la pampa y entre los montes, ya que las largas “chuzas”, eran arrastradas marcando la tierra.

Fue otro momento especial; saber que transitábamos ese camino por donde tantas veces habían pasado los ranqueles. Pisábamos la historia. Las dos rastrilladas que existen en “San Carlos” están certificadas por la Junta de Estudios Históricos local y por la secretaría de Turismo. Mucho hablamos de historia durante el trayecto y muy lindo estaba el día.

Entrada la tarde volvimos a la matera de “San Carlos”, desensillamos, encerramos los caballos y después de un baño reparador, todos nos reunimos para cenar, porque todo estaba preparado. Entregamos los certificados de asistencia a cada uno de los participantes y comenzamos los sorteos de los regalos de Mustad Argentina, el Grupo asegurador La Segunda, sorteó cinco coberturas completas de hogar por un año.
Degustamos jamón de ciervo y de jabalí, buenos vinos y buen champagne en el brindis, también obsequio de La Segunda. Estaba sobre la mesa, además, la gentileza de Fincas Duval, ni hablar de la Otro Camino, la yerba que tomamos todos, mientras andábamos por esta fabulosa tierra de los ranqueles.

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