Por Sonia Renison. Redactora Especial a cargo de Viajes y Turismo.

Es tempranito, con el sol empezando a alumbrar los cerros y entibiando el alma cuando una docena de chicos de la escuela primaria, rodean y escuchan expectantes todo lo que se puede conocer de las llamas. Dentro del corral hay sensación de arremolinarse: son las crías y los animales adultos, que parecieran entender lo que dice Santos. Hay sólo un animal enorme, de unos 140 kilos, que permanece sujeto a un arbusto fuera de la enramada y cuando Santos lo arrima a la tranquera, se para en dos patas: lo supera por mucho en altura. El bicho se exhibe, sabe que estamos hablando de él. “Es el Añasco”, explica Santos Manfresi. Sabe que es el padrillo, como en los caballos, el macho de la tropa. Y marca su territorio: se muestra para demostrar su poderío.

Todos en hilera, salen caminando con un guía y caminan, tranquilos, por la banda este de Tilcara, por donde sale el sol, Se parte a las 10 y cuando levan 45 minutos de caminata, el paisaje asciende un poquitito y muestra desde el borde del suelo, el cielo turquesa y el valle del Río Grande, este mismo que baña toda la Quebrada de Humahuaca, el mismo que serpentea con la Ruta Nacional 9, la que une la capital jujeña con la ciudad de Humahuaca.

Hay unas cinco opciones de caminatas, de media hora hasta tres días, para conocer esta región tan preciosa. Se puede acceder en senderos fáciles para toda la familia y hasta los 4000 metros sobre el nivel del mar. Pero hay un paseo que abarca cuatro horas y que durante todo el año se puede hacer. Sale desde este mismo corral, que es la base de operaciones de la caravana. Se juntan los bagayos, las mochilas, los enseres, y unas con otras van sostenidas por riendas, que también se saben hacer de la misma fibra que se extrae de la llama.

La belleza del paisaje en la Quebrada se admira según la luz del sol. Las montañas tardan en revelar el amanecer y la caída del sol dura minutos. Pero vuelven los tonos morados y naranjas más intensos hasta que viran casi al violeta y al rojo sangre. Los ocres, verdes y blancos, responden al mineral que contiene la montaña. Es encantador caminar y admirar la inmensidad de las montañas. El desafío es capturar esos colores con los ojos y memorizar lo majestuoso y lo pequeño que dibujan en sus perfiles estos pueblos que se salpican en los 140 kilómetros que abarca la Quebrada.

La reina de la Quebrada

Los 4000 años de historia como animal doméstico parecen pesarles en el cuerpo a las llamas que en forma de caravana dirigen una caminata entre la puna y los valles, en plena Quebrada de Humahuaca, a la altura de Tilcara, en Jujuy. Caminan al paso, lento, como el humano. Es colorida la caravana que forman. Tranquilas las llamas, pareciera que piensan cada paso que dan.

Se puede llegar lejos o acá nomás, la idea es compartir una travesía con estos animales típicos y aprender a mirar la riqueza de un lugar inmersos en sus paisajes. Para el dueño de la “rekua” (tropa), Santos Manfredi, son animales con inteligencia emocional.

Pero, ¿qué será eso de la inteligencia emocional en las llamas? Es que con sus orejas y los ojos, lo dicen todo. Le brillan las pupilas y están atentos. Pero ojo, uno tampoco debe descuidarse cuando tiran las orejas hacia atrás y hacen muecas como de murmuro con su boca en forma de moño. Puede ser que algo no los conforme del todo. Pero tranqui, no hacen nada, a menos que Santos abra la caja de la camioneta y ahí si, la primera sorpresa. De un salto, trepan, y se sientan, como acomodándose. ¡Como un perro!.

“Si, pero esto no es un circo”, dice Santos, quien, rodeado de alumnos cuenta la utilidad de este animal milenario. Cómo se cría, qué come, cuánto carga y por sobre todas las cosas su importancia cultural y en mancomunión con este terruño.
“Las mochilas de trecking, pesan unos quince kilos, así que cuando se emprende la caravana, cada llama lleva en total unos 30 kilos”, cuenta y explica que aunque puedan cargar 50 kilos, no lo hacen “porque si se cansa, se planta, se sienta y no camina más”.

Quebrada que me hiciste bien

La historia de las llamas se remonta miles de años atrás cuando el hombre andino logró domesticarlas como animal de carga aunque se crían también por su lana y su carne, que dicho sea de paso, es magra. Pero aquí estamos junto a Santos, que en 2000 llegó a Tilcara junto con su mujer, Eva: se enamoraron del lugar. “Costó pero aquí estamos”, dice, porque empezó después de la debacle económica con cuatro llamas y hoy tiene una tropa de más de 25 en su corral, a pasos nomás del centro tilcareño, en las calles Corte y Viltipoco junto a la posada Aguacanto.

En esta travesía se trata de que todos la pasen bien, la gente y los animales. Antiguamente -y hoy también- llevaban los ladrillos de sal, luego fueron burros y mulas, cuando llegaron los españoles. Pero en la altura, en los Andes y las zonas aledañas, la llama sigue siendo el animal por excelencia.

Un trabajo de rescate cultural, de reciclaje y de turismo sustentable es lo que logró armar Santos. Lo del reciclaje porque están clasificando los residuos en Tilcara. “La semana pasada se han llevado unos 20.000 mil envases plásticos. Cuando salimos de caravana, también juntamos lo que ha quedado por ahí”. Lo muestra y comparte con cada trecking con llamas que diagrama.

Con la caravana de llamas, hay sorpresas de alta gama. Si, algo como este paso conducido por llamas, caminando entre montaña, la puna y el valle jujeño atrapa por lo exótico, porque en este lento andar se descubre en estos animales casi, casi, la historia de América. Y no es para menos, cerca del agua, el árbol de aguarigüay muestra aún sus frutitos de pimienta rosada. Los campos se revelan prolijos a la vista: terminan de sembrar ajo. Aquí, junto al río se extienden la mayor producción de hortalizas. Y también esas flores de colores vivos llamadas “siempre vivas”.

Cuando se llega a los alto, un sitio sagrado de los más de 25 que existen en la quebrada, sorprende al caminante. Es desconocido para las revistas. Es algo inusual llegar un pucará que nunca se ha visto ni en fotos. Bajo un árbol y junto a unos cardones enormes, la sorpresa está en marcha. Una mesa, con sillas y platos de cerámica hechos a manos, aguardan con las copas, servidas con malbec, para que los quesos de cabra, hagan de convite entre los integrantes de esta caravana. Unos sandwiches, tomates de un rojo intenso y jugosos y frutas frescas, completan la fiesta. El regreso, tranquilo, es por otro camino. Volvemos a Tilcara. Con el alma reconfortada y al paso lento de las llamas.