Bajo el tinglado de la vieja estación de trenes flota una neblina sabrosa donde se confunden los olores de la humita con el perfume del asado, el sabor de la empanada frita con el del tamal. Bajo esas chapas de lo que alguna vez fuera un hall los olores ahora, como los sonidos más tarde, se cruzarán hasta que las horas del nuevo día asomen.
Con  figuras provinciales y algunos ignotos la municipalidad de San Salvador de Jujuy presentó una idea que surgió a partir del festejo por los 200 años del Éxodo Jujeño, la histórica patriada que abrió el camino de la independencia argentina.

Tiempo de cosechas. El purmamarqueño Memo Vilte abrió el fuego musical con el Himno a Jujuy –compuesto por él- colándose por la quena. “No fue el dueño de la flecha el que escribió la verdad”, cantó. “Porque en Jujuy nació la patria”, gritó. En esa apertura de festival –con entrada gratuita- que ofició de presentación del disco “Apacheta Musical”, siguió Ítalo Iván, un joven de Abra Pampa que trajo huaynos potentes, una saya para despedirse y un “Viva Jujuy” como arenga. Fue también la noche de Los Hornitos, como le dicen a los puestos de comida que a partir de esa noche estrenaron lugar fijo en esa vieja estación, que ahora es un centro cultural que tiene el nombre del general rubio y valeroso que comandó el éxodo: se llama Manuel Belgrano. Acá, Fortunato Ramos descifrará el silencio de la quebrada en los tonos del acordeón, refrendará su ser quebradeño en el cruce con Tomás Lipán y traducirá el dolor en el llanto del erke con el que ocupó el ancho del escenario. “Es importante que participe el municipio en esta puesta”, dijo el hombre que conoce los picos más altos de la Quebrada de Humahuaca por su trabajo de arriero. “El hombre de acá tiene un sufrimiento que lo lleva toda la vida y eso lo vuelve canción”, agregó Ramos, que aportó un poema inédito para el disco.
A Daniel Vedia se debió el primer baile armado de la noche, armado con el fuelle del bandoneón, un estentóreo bombo legüero y una guitarra sutil. Todos –todos- se pararon para bailar, desde la zamba inicial hasta el taquirari del final.
Los jóvenes de Grupo Pakto le siguieron en la grilla: aire nochero, charango al estilo Los Tekis y baile al por mayor con sonidos de zampoñas. Micaela Chauque fue todo lo contrario. Excelsa vientista, la joven demostró que no necesita de palmas ni de ruidos: identidad, fuerza y delicadeza en el carnavalito que registró en el disco en cuestión (El milagroso) fueron suficiente como para ser, ella y su sikus, ella y su voz, de lo mejor de la noche. Un taquirari sin estridencias, una cueca para el final y una salida de libreto  para soltar una copla sin la caja, pero cantada con el alma. Por eso la aplaudieron tanto.

Esencia. El locutor del festival dice que por aquí  pasaron los habitantes que decidieron pensar en los demás antes que en ellos mismos. Incendiaron sus casas y no le dejaron nada al español para derrotarlo en Tucumán. Afuera de este tinglado musical, en la estatua, Belgrano le tira de las riendas al caballo que mira fijo el horizonte, mientras arrea la bandera que le dio a la patria.  
Tomás Lipán, profeta en su tierra, abrió con su sikus a altos decibeles. “Dentro de 500 años alguien escuchará estas voces”, dijo del disco. Tres temas con su grupo antes de invitar a un hombre poncho rojo y acordeón ídem: Fortunato Ramos llegó desde su Humahuaca para hacer bailar a todos con una cueca. Hizo un freno y leyó –sin lentes- un poema llamado “Éxodo”: “No te vayas Jujuy de tus valles, no serás en otras partes”, se alcanzó a escuchar. Cuando soltaron el carnavalito, Tomás se mordió el labio inferior: ni él podía creer la estampa de Fortunato, su presencia en el escenario y su demoledora pasión para tocar el acordeón. “No me imaginaba que se iba a hacer este disco”, se sinceró Tomás, feliz con la idea del disco y del nombre: la apacheta es un montículo de piedra que representa un pedido a la Pachamama. Es una costumbre kolla que se estila a hacerla en los cerros y en las abras. 
Siguió Coroico que echó mano a cantos autorreferenciales donde el coro con su nombre pugnó por ser más poderoso que sus vientos. Más preocupados por las palmas ajenas que por las efemérides históricas, lograron el objetivo: que todos bailen con un tinku en clave de ska. Gallega matizó tanto viento andino con su rock jujeño en un formato clásico de trío. Y cerca de las dos de la mañana del 22 de agosto pisó el escenario Bruno Arias, vestido de rojo como el diablito del carnaval y con el Ballet Municipal de La Quiaca como vistosos invitados, el chico de El Carmen cantó las canciones de “Kolla en la ciudad”, el tema que le desgarra el alma y le da nombre a su último disco. Soltó el grito en contra de la minería en las Salinas Grandes, donde sobra el nuevo oro: el litio, y dijo: “Quería venir a tocar a San Salvador, pero no me contratan. Nos trajo la municipalidad, que se jugó, y agradezco eso. Ojalá este disco sea un camino de unión para la música jujeña, a la changada joven y a los músicos que nos enseñan tanto”. Y construyó un espectáculo contundente donde enarboló la identidad jujeña de Jorge Calvetti, Víctor Hugo Barrojo y Máximo Gregorio Puma, entre otros. Cerró con un tinku su set que pedía alguna canción más y le puso punto final a una jornada histórica.    
Fortunato Ramos dice que hay mucho por descubrir en el hombre de esta región. Que de a poco va descubriéndose, mirándose los pies para no olvidarse dónde está parado, para decirle a todos que es kolla y a mucha honra. Y la noche del 21 de agosto y la aparición del disco es una forma, tal vez la mejor, de serlo.