Textos y fotos Hugo Gardes

Los Incas creian en la inmortalidad del cóndor. Y creían en él porque simbolizaba la fuerza, la inteligencia y el enaltecimiento. Animal respetado por los habitantes de los Andes, lo creían responsable de que el sol saliera cada mañana ya que con su energìa podìa elevarlo sobre las montañas e iniciar el ciclo vital de la vida.

A la aventura de verlos volar me lanzé. Los descubrí en número de más de veinte, en un paraje donde conviven ovejas, vacas, caballos y cabras introducidas por el hombre. En estos avistajes pude recordar todo esto, sobre todo al verlos deslizarse sobre las térmicas de viento que azotan nuestra región de El Calafate. Todas esas definiciones unificadas en la majestuosidad de su vuelo, en la busqueda diaria de comida, en la saciedad de su hambre solo cuando la muerte de otros animales se instala sobre la estepa patagonica.

El contraste del entorno, mezclando pequeños valles con estepa y altas montañas, colores entre amarillos y tonos ocres blancos de nieves y azulados cielos, agiganta su belleza fuerte, agresiva, con su más de un metro de altura y entre dos a tres metros de envergadura, plumaje negro azabache de los adultos, grandes y magnificas aves: el rey de los Andes.

Sus vuelos dispares me llevaron hacia la montaña nevada. El suelo con contrastes de colores por los pastos secos, las hierbas rastreras, los arbustos achaparrados, las rocas grises, los hilos de agua que el otoño brinda a esta Patagonia austral y cordillerana de El Calafate, en Santa Cruz, un lugar donde el hombre puede convivir silenciosamente con la creación, y de paso, como yo, saciar su sed de fotografìas.