Textos y fotos Pablo Uncos

 

De noche y desde los cielos Medellín es un mar de lucecitas. Hay grandes, medianas y chiquitas. Alumbran en diferentes intensidades casas, calles y edificios. Pero todas son hermosas como la claridad de los amaneceres.

Primero carretean las ruedas traseras y luego las de adelante, para que el avión aterrice, frene, y un argentino suspire de alivio, feliz de no correr la misma suerte que la de sus dos compatriotas en 1935. A este mismo aeropuerto en donde Carlos Gardel y Alfredo Le Pera pasaron a la inmortalidad otro porteño acaba de llegar deseoso por indagar la clave de nuestro pasado, nuestro otro pasado, sin sospechar que al igual que lo que ocurrió con esa mágica dupla, su llegada no será solo para constatar la mera influencia del tango en la región, sino para terminar de corroborar que Medellín “es”, muy a su modo, el número 101 de los barrios porteños de hoy.
 
Un guía entusiasta 

Llamaremos a nuestro guía simplemente Luis para preservar su identidad. Es colombiano, pero más por nacimiento que por opción. Ama a su país, mas la fascinación con la que habla de sus años de estudiante en Buenos Aires lo califican como un porteño de ley. Esta noche prometió enseñarnos la influencia del tango en Medellín. En su mirada cómplice se insinúa el secreto deseo de revelarnos una sorpresa, algo que de seguro habrá de asombrarnos, pero que en el fondo nos resultará familiar.

Es miércoles por la noche. Las calles lucen despobladas. Apenas un grupo de amigos en un bar de donde salen los compases de un vallenato triste, algunos rokeros fumando marihuana, y jóvenes malabaristas practicando sus destrezas. “Aquí los turistas no llegan. El lugar tiene muy mala fama. Pero como verás hasta ahora nadie se metió con nosotros”, apunta nuestro guía.

Luis camina ansioso por las calles en donde se crió y donde trascurrieron casi la mitad de sus 45 años. En estas calles está su pasado y, de algún modo, parte también del nuestro. A sólo tres cuadras del lugar de la sorpresa, el paisaje se torna surrealista: debemos esquivar a un hombre rapado vestido con remera verde oliva y ostentosa cadena de oro, que deja su moto en la vereda y se dirige caminando anchamente hasta un bar en donde lo esperan otros tres tipos todos con cara de pocos amigos.

“¿Viste a esos traquetos (mafiosos)? Son paramilitares”, explica Luis. Los tipos intimidan con su sola presencia; conviene aferrarse a la seguridad del guía. Mientras tanto, en la plaza, los malabaristas muestran sus destrezas, como si nada ocurriera.

“Ellos, los traquetos, ya no se meten con los artistas. Los chicos de este barrio trabajan con un movimiento social y artístico que se ganó el espacio de la plaza y ya nadie los molesta: conviven armoniosamente. Aunque no siempre fue así. Hubo mucha sangre”.
 
Tango que me hiciste bien

Por fin llegamos. Ya a media cuadra de la vieja esquina se oyen los inconfundibles compases del dos por cuatro. Estamos frente a la esquina D’ Arienzo. Se trata de un pequeño bar de bebidas dotado de una fonola exclusivamente tanguera.
 
-¿Cuánto hace que tiene este bar?- le pregunto al dueño, quien también hace las veces de camarero.
-Más de 50 años- conwwwa orgulloso.

Cervezas y los cigarrillos corren sin prisa pero sin ninguna pausa. Desde afuera del bar dos niñas de alrededor de 15 y 13 años, respectivamente, nos miran con insistencia. Ya medio entonado por el alcohol Luis pega un salto desde su silla y sale a la calle. Las invita con sendas gaseosas. Con un ademán me atrae hasta el grupo. Me incorporo muy aparatosamente y a medida que me acerco oigo el sermón de Luis:

“En este país, a las mujeres sólo le quedan dos caminos: o estudian y se preparan para la vida o hacen lo que están haciendo ustedes ahora. Piénsenlo. ¿Esta es la vida que quieren?” Una de ellas, la de 15, escucha sin dar mucha importancia las palabras de Luis. La más pequeña, que podría ser de la más baja fantasía de algún pedófilo, me mira con inocente curiosidad. Terminan su bebida y se alejan, tal vez en búsqueda de clientes menos escrupulosos.

Una ciudad innovadora

Medellín no es sólo la ciudad en donde se apagó la vida de Carlos Gardel en 1935. Tampoco es solamente el pueblo en donde se gestó el nefasto mito del Varón de la Coca, Pablo Escobar Gaviria, durante la década de los ’80. “Medallo” (o “Metrallo”) es una pujante urbe que disputa junto con New York y Tel Aviv el primer puesto en calificar como la ciudad “más innovadora del mundo”. Al menos así lo dispuso una encuesta on-line realizada por el Wall Street Journal Magazine.

Durante el día su población de más de tres millones de habitantes (la segunda después de la capital del país, Bogotá) se desplaza bulliciosamente en autos, taxis, colectivos y en el metro, en una carrera loca por no llegar tarde al trabajo. Pero es por la noche cuando, perezosa, asoma la otra Medellín: la de los traquetos, los sicarios, las parejitas de enamorados, los fumadores de marihuana y las putas. Y es también el momento en que el “paisa” (gerundio correspondiente al habitante de esta ciudad) se deja llevar por los ensueños de la cerveza, el tabaco y el ron.

Estamos en un sitio llamado Bello, que se encuentra a minutos del centro de Medellín. Durante años esta comuna fue el lugar en donde se asentó una de las empresas textiles más importantes de Colombia que llegó a contar con más de 40.000 empleados. Ya para mediados de los años ´30 no había ser humano en Bello que no estuviera de algún modo u otro ligado a la gigantesca factoría. Al igual que en las suburbanas Valentín Alsina, San Martín o Avellaneda, con sus textiles, frigoríficos y curtiembres, al caer la tardecita, las calles de Bello se awwwaban de obreros deseosos de beber una cerveza en algún barcito en donde se escucharan buenos tangos. Lejos ya de aquellos años de gloria algunos de esos bares sobreviven tercamente al paso del tiempo.

“Oye, güeón, observa: esto es un rincón de tu país en el mío. ¡Esto es más tuyo que mío!” La propuesta de Luis es tentadora: “Bebamos tres cervezas en cada bar”. La próxima tríada es en “El Viejo Café”. De aspecto más moderno y rocola más variada se conserva también como un minuto congelado en el tiempo de Medellín. Luis es casi doctor en ciencias sociales, pero esta noche además de mi guía turístico es mi compañero de copas. Insiste en tomarme fotografías, pero a mi sólo me interesa beber y escuchar los compases de “Cuartito azul” o “Anclao en País”.

Por un instante la voz de Luis se apaga y Bello se desvanece en un melancólico ensueño que remite a un pasado que partió. El flashazo de la cámara desvanece súbitamente el hechizo, pero los ecos del pasado se quedan allí porque en rigor nunca se han ido. Por cortesía devuelvo gentilezas y fotografío a Luis al lado de la rocola. A un costado, acodado sobre la barra, un muchacho con gorrita de los New York Yankees se oculta para no salir en la foto: es otro “traqueto” que escapa a la sola chance de verse retratado.
 
¿Un tango colombiano?

La influencia del tango en Medellín salta a la vista: aquí Gardel es Dios. A los paisas no les importa que sea francés o uruguayo; se conforman con que el destino estrellara su avión en Medellín.

Esta simbiosis colombiana y argentina ha dado como resultado una suerte de “argentolombino” o “argentopaisa” que vive su vida y muere su muerte con Cadícamo o Manzi como telón de fondo. ¿Pero saben ellos a ciencia cierta quién fue Cadícamo o Manzi? Peor aún: ¿Sabemos nosotros? En este punto la ignorancia también nos hermana.

Quizá el entusiasmo de Luis por compartir algo suyo y nuestro a la vez sea la clave que nos explique el por qué a pesar de toda la impactante influencia de Buenos Aires no se ha desarrollado en Medellín alguna variante de tango colombiano. Luis se toma la cabeza ante una pregunta que nunca antes le habían formulado, pero enseguida ensaya una respuesta que a todo argentino podría resultarle satisfactoria.

“Fíjate que a nosotros nos gusta el buen tango. Quizá haya habido algún tanguero paisa que le cantara a las calles de Medellín. Pero a nosotros nos fascinan Lavalle, Florida, Esmeralda, y Corrientes y Callao. Nos gusta el buen tango. Y el buen tango no puede ser más que argentino”. Respuesta satisfactoria y ego satisfecho.
 
Mareado ya por las cervezas, mi obstinación me lleva a tomar nota de un detalle: en todos los barcitos de Medellín no hay espacios para que bailen las parejas. Ahora, Luis parece decepcionado por mi pregunta:
“¡Pero no entendiste nada, güeón! Aquí el tango no se baila. Fíjate la gente eligiendo tangos y escuchándolos, sólo escuchándolos. ¿Que querías que bailemos?”. Tiene razón. Basta una noche en Bello para entender que durante mucho tiempo aquí no habían muchos motivos para bailar. El baile y las academias llegaron, pero mucho tiempo después.

Mientras tanto, Medellín está hoy a un solo un paso de convertirse en la ciudad más innovadora del mundo. Pero la tanguera Bello con sus barcitos resiste a la avasallante modernidad. Dos traquetos entran al Viejo Café Bar, piden cerveza y se sientan. Ya no me estremece su presencia. Sólo quiero escuchar a Gardel y que las madreselvas en flor con su abrazo dulzón y tenaz me aferren a esta esquina porteña y paisa a la vez, para que así la vida y la muerte sigan discurriendo al compás de un sentimiento que en Bello nadie baila, un sentimiento que llegó hace ya décadas sólo para ser escuchado.

Mientras tanto por las calles de todo Medellín la noche se torna cada vez más espesa y empieza a formarse una especie de bruma que flota persistente en el aire, cual refunfuneo de un triste y solitario fuelle arrabalero.