Por Horacio Ortiz

Periodista

Escuchar la historia de los Rosatto aporta una certeza: entre ellos hay una formación sanguínea, pero algunas diferencias de acuerdo con los tiempos en que fueron haciendo propio el oficio. Estos artesanos de Ayacucho mamaron este arte desde su infancia, en una zaga que comienza hace varias décadas con Fortunato Mariano, ya fallecido, y continúa con su hijo y el nieto de éste, ambos de nombre Mariano. Ninguno recuerda cuándo tuvo la primera pieza en sus manos. Criados en una joyería y relojería, tuvieron cerca esas obras ni bien empezaron a caminar. Por eso aprender el arte de la orfebrería fue parte de un juego que con la edad pasó a ser un oficio, pero por sobre todas las cosas, siempre resultó para ambos una impostergable pasión. “En realidad empecé desarmando despertadores que luego no podía armar, pero mediante ese juego inicial me fui adentrando en tareas propias de una relojería. Así fui tomando mano, como se dice en el oficio. Lo de la platería comenzó soldando las monedas de níquel para los culeros o tiradores de los paisanos.” El procedimiento para obtener esos pequeños alambrecitos que luego se fundían a las monedas no era simple: el cobre venía dentro de un cable que en su parte exterior tenía tela y goma. Rosatto quemaba los cables en la llama del fuego y luego con una bolsa le quitaba los restos de goma para envolverlos más tarde en un pequeño hierro de seis milímetros, que le servía de molde para armar las argollitas, que luego limaba de un costado para abrirlas en forma de “u” y soldarlas a las monedas con el paión, un trocito de plata que actuaba como fundente. “Así aprendí a soldar -recuerda-. De ahí en más pasé a soldar cadenas, a soldar pulseras y hacer arreglos en general. A hacer la pes (un material que surge de una mezcla de arcilla, grasa animal y cera), a la que se le llama comúnmente lacre, con o cual se rellenan los cabos de cuchillos o el interior de los mates para poder cincelarlos.”

Aprender

En su profesión hay un poco de aprender a nadar una vez que lo han arrojado al agua. “Un platero que no trabaje en las grandes ciudades debe hacer de todo, porque no podemos especializarnos y lo demás encargárselo a otro, porque por aquí no hay nadie. La diversidad de pedidos me fue exigiendo y así aprendí a hacer de todo.” A la par, le fue creciendo el coleccionista, que desde hace 45 años le ha permitido contar con una daga de los tiempos de Rosas, entre tantas reliquias expuestas durante la última edición de la Fiesta del Ternero. “Al aprendizaje familiar le quise agregar algo más y fui por otros talleres. Así conocí distintas técnicas. Ocurre que vienen con un elemento cualquiera para que lo fabriquemos en plata. Por ejemplo este plato -toma un adorno de madera que pronto tendrá su réplica en metal- y conocía una forma de hacerlos. Ese aprendizaje permite conocer varios caminos para llegar a terminar ese plato, de los cuales elijo el que más me gusta”, dice.
Dicen que nunca les falta trabajo y que nada es rutinario en medio de tanta variedad, aunque la platería criolla sea quizás la que más actividad les genera. “Desde un cuchillo, yuntas para cintos, estoy ahora haciendo una hebilla y también hago platería religiosa aunque no es lo que más se demanda.”

Linaje de orfebre

La pasión de Rosatto (h) por la orfebrería tuvo dos grandes pruebas. Las cuenta el padre. “Se había ido a estudiar abogacía y un día volvió y me dijo: ´esto no es para mí, yo quiero ser orfebre´.” Desde ese día, aquello que había sido un aporte solidario a la economía familiar se convirtió en su medio de vida. Al otro examen lo rememora el mismo: un viaje y un sagrario para una orden religiosa. “Esa fue mi gran obra: son siete kilos de plata. Un trabajo interdisciplinario con un cerrajero, decoradores, arquitectos. Por entonces hago un viaje al norte argentino y a Bolivia que me define unas cuantas cosas. Cuando fui a Potosí, busco información de mi oficio y me encontré con que no hay ningún orfebre, no hay platería. Están las minas del Cerro Rico y Cerro Orcko que fueron los yacimientos de plata más grandes del mundo”. Allí, cuando supieron que era orfebre, le ofrecieron quedarse para enseñar ese oficio extinguido en aquel lugar. En Bolivia, se encontró frente al sagrario de la catedral que logró filmar gracias a la cámara que llevaba su novia, entonces estudiante de cine. Ese elemento religioso era el mismo que un tiempo antes había hallado en el libro “Platería sudamericana”, de Adolfo Luis Rivera y había propuesto como modelo para la confección del encargado por la orden religiosa, algo del arte hispanoamericano con idea española y realización indígena. La sorpresa fue descubrir también los arquitectos, por su lado, habían elegido el diseño del mismo pórtico. Pero era el difícil 2001. Rosatto creyó que aquella obra no se aprobaría nunca hasta que lo llamaron. “Para mí ya era un honor que me hubieran consultado a mí, que vivo a 400 kilómetros de la Capital Federal y sobre todo porque hay plateros mucho más experimentados que yo. Lo cierto es que sin que nos pusiéramos de acuerdo, todos propusimos el mismo modelo y se terminó haciendo una réplica de ese sagrario de la catedral de La Paz que tiene más de 400 años. Desde entonces soy un poco más creyente”, dice irónicamente Mariano. Después, desnuda su beta más íntima, esa que lo hace sensible al frío de un metal. “Si bien vivo de esto no lo siento como un trabajo. Para mí es un placer que sólo pueden entender los que viven de lo que aman. Cada día de mi vida disfruto de esta profesión”, dice el representante de la tercera generación de orfebres de una dinastía capaz de abrazar a su hijo de un año, que mira con curiosidad cada objeto, esos que en breve serán también sus primeros juguetes.