Cuando el año pasado todo el país celebró el Bicentenario de la Patria, pocos sabían que dos siglos antes en la Argentina ya se jugaba al Pato.
Cuentan los estudiosos que por 1610 comenzaron a jugarse los primeros partidos de estancia a estancia, y que había más de 200 jinetes por equipo. Jugaban con un pato cocido dentro de una bolsa, al que luego le sacaban las patas y la cabeza: de allí el nombre.
Pasaba que, al carecer de árbitros o reglas, cada partido era una barbarie descomunal. Era común que alguna persona perdiera la vida, sin contar la masacre de patos que debía realizarse para poder jugar. Quizás por eso, el sector más aristocrático de la sociedad comenzó a ver al “Pato” con malos ojos, y consecuentemente, también la Iglesia. Era tan así que el clero prohibía darle sepultura cristiana a cualquier persona que muriera jugando.

Antecedentes. Ricardo Fernández, presidente de la Federación Argentina de Pato desde 2007 y reelecto en 2009 (este año se someterá nuevamente a elecciones, que se hacen por asamblea), comentó que, con el paso de los años, las principales autoridades intentaban por todas las formas deshacerse del juego. “En 1790 –evoca el dirigente- el virrey del Río de la Plata Nicolás Antonio de Arredondo, directamente prohibió el deporte. Lo mismo hicieron todos sus sucesores. Ya en 1822, con el dominio español finalizado, la provincia de Buenos Aires tenía un gobierno propio, y su máxima autoridad, Martín Rodríguez, sustentó la medida y mantuvo la prohibición.
Con el avance del siglo XX, todo comenzó a cambiar. En 1937, el Pato dio sus primeros pasos e inició un camino de crecimiento e inserción.
El gobernador Alberto del Castillo Posse reglamentó el juego en aquel año, creó la silla de montar y la pelota de 4 asas, que luego se extendió a seis (ver recuadro). Obviamente, las medidas de seguridad del juego fueron mejorando hasta el día de hoy: “Hemos establecido medidas de seguridad más acordes y apropiadas para estos tiempos, la idea es evitar que la gente se lastime o muera. Este es un juego de mucha adrenalina,  que se disputa a mucha velocidad. Hoy tenemos, por ejemplo, 80 metros detrás de la línea de fondo para la frenada de los caballos, hay una ambulancia sí o sí en cada partido, de manera que tomamos todas las precauciones”.

Torneos. A partir de la década del 40, el Pato se consolidó. En 1941, exactamente el 3 de abril, se fundó la Federación Argentina de Pato y pocos meses después se disputó el primer torneo oficial. En 1943 se fundó el “Campo de Pato General Las Heras”, en la localidad, luego considerada, por decreto, la capital nacional de dicho deporte. Muchos de los mejores jugadores de la historia del Pato fueron oriundos de ese pueblo del noroeste bonaerense.
Pero el día que cambiaría para siempre la historia fue el 16 de septiembre de 1953. Aquella mañana Juan Domingo Perón, por entonces Presidente de la Nación, declaró al Pato como deporte nacional.
Según el General, “el origen de esta noble justa, de acuerdo con las investigaciones realizadas por numerosos historiadores, es auténticamente argentina, puesto que dicho deporte era ya practicado por nuestros gauchos en los albores de la nacionalidad, y el mismo lleva puesto e impreso el sello de reciedumbre de jinetes diestros como eran y son los jinetes de nuestros campos”, explicaba el texto del categórico decreto que se publicó en el Boletín Oficial nueve días después.
Pero no todo quedaría ahí: aunque jamás en su vida había jugado al Pato, el propio Perón se autoadjudicó en el juego diez goles de ventaja, una suerte de promedio que equivale al hándicap en el golf. “Fue el primer ‘10 goles’ de la historia, aunque nunca había jugado al Pato. Habilidoso el General”, sonríe Ricardo, al recordar la anécdota.

Elite. Después de 411 años, el deporte no ha crecido como se esperaba hace algunas décadas. El presidente de la Federación lo explica desde muchas aristas: “Entre otros motivos, el Pato no crece porque al fútbol, el deporte más popular, lo jugás con un par de zapatillas y medias. En cambio, para el Pato necesitas seis caballo por cada jugador, que tenés que alimentar, cuidar y entrenar todas las mañanas”, dice.
Fernández afirma que el Pato no sólo requiere de una gran cantidad de dinero,  sino además de mucho tiempo. Y agrega: “Más allá de esto, creo que todo lo que no se juegue en Corrientes y 9 de Julio, no existe. Si la gente tuviera que hacer 200 o 300 kilómetros para ver fútbol, no sé si sería lo que es”.
Además, por tratarse de un deporte totalmente amateur y jugarse sólo en la Argentina, se complica su difusión. Otra disciplina cercana, el polo, se disputa a nivel mundial y mueve mucho dinero, por eso es más consumida y más popular.
Otra razón que conspira contra su desarrollo, es que el Pato no tiene salida laboral. “Hay que tener en cuenta que para jugar al Pato se necesita un terreno de 300 metros de largo (N. de la R: 220 de cancha más de 80 de frenada), e infraestructura de corrales para albergar a seis caballos por jugador, de manera que tenés 24 caballos por cada equipo. Imaginate cuando hay torneos donde tenemos 10 o 12 equipos”, completa el experto.
Culto. Sin bien el juego no tiene una trascendencia masiva a nivel nacional, en los pueblos más pequeños del interior del país es una verdadera revolución cuando llega el fin de semana y empiezan los partidos. Generalmente no se cobra entrada, ya que la Federación realiza algún tipo de convenio con el municipio local a cambio de publicidad, y eso convoca multitudes, teniendo en cuenta, además, que produce intriga en la gente saber cómo es el deporte nacional.
Claro que el Pato, contra todo lo que podría suponerse, no es sólo una afición de ricos. Porque si bien los estancieros son los que tienen facilidad para conseguir caballos -convengamos que es el elemento vital para disputar un partido- detrás de ellos vienen los cuidadores o petiseros, que utilizan los equinos del patrón y también practican. Por eso, a quienes les “pica el bichito” del Pato, se la rebuscan para conseguir más y mejores caballos, y de esa manera juegan en las estancias con sus patrones, y los más aventurados hasta compiten contra ellos.

Docencia. Para acercar este deporte criollo a más gente, la Federación creó una escuelita de Pato que enseña los rudimentos de la competencia a cambio de un arancel mensual accesible para casi cualquier persona con ganas de despuntar el vicio de ser “patero”. La misma funciona en Campo de Mayo, exactamente a metros de la estación Sargento Cabral de la línea Ferrocarril Urquiza, donde la Federación tiene una de sus sedes. Con el abono de $300 por mes, se reciben dos clases semanales y se financia una estructura cara: 50 caballos (y esto sólo para los árbitros), el mantenimiento del predio de Campo de Mayo, corrales para 14 caballos, palenques para todos los equinos, confitería y tribunas techadas. “Para sostener todo esto, se necesita dinero, y lo que nosotros pretendemos es salir hechos para poder difundir el deporte, no ganar dinero”, aclara Ricardo. Los ingresos de la Federación se completa con la cuota social anual que religiosamente pagan todos los jugadores, que los habilita para disputar los torneos avalados por la entidad. Paralelamente, todos los campos que quieran regirse por las reglas de la Federación también abonan una suma anual. También el Estado Nacional aporta su parte, como corresponde a todo deporte amateur. Sostiene Fernández:  “Nosotros recibimos de la Secretaría de Deportes un subsidio anual, y después en cada abierto se disputa la Copa Presidencia de la Nación. Agregado a esto, la Dirección de Actividades Hípicas del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca también nos auspicia la Copa de Alta Ventaja”.
Como ocurre sin falta todas las semanas, Ricardo se despide para recibir a los demás directivos de la Federación y prepara la asamblea de los martes. Lo que nos queda es una extraña necesidad -que, esperamos, también sienta el lector- de ver, de conocer, quizás hasta de jugar una vez en la vida, al Pato. El más criollo y exclusivo de los deportes nacionales.