Fotos y fuente: Télam
 
Una pareja de trotamundos formada por el argentino Gustavo Iñigo (41 años) y su novia austríaca Mónika Fellner (27), culminaron en Viedma una travesía náutica de 37 días y casi mil kilómetros de recorrido, remando en canoa tipo canadiense desde San Carlos de Bariloche por los ríos Limay y Negro. “En junio habíamos terminado un largo recorrido de 3.600 kilómetros en bicicleta entre España, Portugal y Marruecos; después se nos ocurrió venir a mi país y lanzarnos a esta aventura, que fue realmente maravillosa”, relató Gustavo en diálogo con Télam.
 
El 21 de noviembre partieron de la playa del lago Nahuel Huapi enfrente del centro de Bariloche, pero estuvieron instalados en la ciudad andina un mes antes para buscar asesoramiento acerca del tipo de embarcación más recomendable, el equipamiento y otros aspectos logísticos. “La rutina de cada una de las jornadas era despertarnos a las 8, hacer un buen desayuno para tener fuerzas, desarmar el campamento y acomodar todo en la canoa, y empezar a remar cerca de las 9, hasta eso de las 11, cuando hacíamos una pausa para un mate sobre el mismo bote”, contó Mónika.
 
A las 14 salían del agua, preparaban un almuerzo liviano pero sustancioso con pastas o arroz, y dormían unas dos horas de siesta sobre la costa. Entre las 17 y las 20 seguían remando y volvían cuando estaba cayendo el sol a la carpa donde se instalaron. “Nos gusta mucho cocinar y comer, así que no usamos comida de sobre, siempre tuvimos buena pesca de truchas en el río y entonces a la noche nos preparábamos un pescado a las brasas, o en guiso, y hasta una vez hicimos empanadas”, añadió la austríaca.
 
El viento patagónico fue, en algunos tramos, un adversario difícil: “En el primer día de navegación, apenas salimos de Bariloche en aguas del lago, el fuerte viento nos obligó a buscar la costa y como no amainaba decidimos salir a la ruta y hacer dedo para que algún automovilista nos llevara hasta Dina Huapi, donde bajamos ya al curso del Limay” relató Gustavo. “También el viento nos complicó las cosas en el cruce del embalse de Alicurá, por las olas que se levantaban en el lago y la fuerza que teníamos que hacer para remar hasta llegar a la otra orilla”.
Para superar las presas de los embalses hidroeléctricos de Alicurá, Piedra del Águila y Pichi Picún Leufú contaron con el apoyo de los respectivos destacamentos de Gendarmería Nacional, cuyos efectivos los ayudaron a sacar la canoa del agua y transportarla -en algunos tramos a pulso y en otros sobre un vehículo- hasta el lado posterior del dique, donde volvían al curso del Limay.
 
Como las condiciones climáticas se tornaron muy adversas, en la última semana de noviembre, y con el consejo de la gente de Prefectura Naval, avanzaron por ruta alrededor de 170 kilómetros hasta la localidad de Arroyito; después de dejar atrás el enorme embalse de El Chocón, que les recomendaron no navegar.
 
Otra experiencia intensa fue superar sin peligro los remolinos que se forman en la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, en cercanías de la capital de esa misma provincia, donde nace el río Negro. “Hay que prestar mucha atención todo el tiempo, no relajarse nunca, para poder esquivarlos a tiempo y si se cae en un remolino darle fuerte a los remos en el mismo sentido del agua hasta salir”, aconsejó Gustavo.
 
Los apuntes y fotos de la travesía los irán volcando en su página web y piensan en editar una pequeña guía del viaje, con recomendaciones y advertencias para otros aventureros que emprendan el mismo recorrido. Mónika hizo una observación sobre las características magnificas del río Limay: “Es tan trasparente y al mismo tiempo tan profundo que en los primeros días yo sentía un poco de vértigo cuando miraba hacia abajo, pero lo fui superando por la belleza de ese paisaje que rodea al río”.
 
Gustavo apuntó que “el despliegue de fauna fue maravilloso pero la sorpresa fue cerca de General Conesa, cuando nos encontramos sobre la costa unos doce jabalíes bebiendo muy tranquilos, que se sorprendieron tanto como nosotros porque seguramente no están acostumbrados a ver humanos en esa zona”.
En el punto final, en Viedma adonde llegaron el lunes pasado, dejaron la canoa en consignación para la venta en el almacén náutico del palista olímpico Javier Correa, y con todo el equipaje a cuestas se subieron a un micro con destino a Mar del Plata, donde vive la familia de Gustavo.
 
Gustavo es chef profesional y Mónika tiene título de profesora de enseñanza inicial obtenido en Viena y cuando no están viajando él consigue trabajos temporarios en restaurantes y ella, que maneja varios idiomas, como recepcionista de hoteles.
Ahorran todo lo que pueden durante cuatro meses , y después se largan de nuevo a la aventura. “Viajar me cambió la manera de ver la vida”, apuntó Gustavo; y su novia agregó que la zona de la Patagonia le dejará “recuerdos fascinantes, sobre todo por la diversidad natural”.