Por Leandro Vesco / Fotos: Juan Carlos Casas

Vazquez no figura en muchos mapas. Acaso no pertenezca a este mundo aunque para las actas esté en el límite del Partido de Gonzalez Chaves y Tres Arroyos. Cuando nada hace suponer su presencia, como si un hechizo criollo y misterioso abdujera al desprevenido, un espeso bosque aparece primero, luego una curva y allí un sendero bellísimo y aromático muestra una postal edénica: como si fueran nubes terrestres, una ilusión real de ostentosas retamas presentan la entrada al pueblo, el sofocante perfume invade los sentidos. Es la entrada a un vivero que lleva por nombre Vazquez, el pueblo perfumado.

Una liebre mira atenta, dos, tres cinco casas se presentan como si fueran personajes de una obra. Algunas de las casas tienen vidrios de colores, otras, son muy grandes. Una antigua escuela es una vivienda familiar. El silencio en Vázquez es consumado. Las aves bajan a la calle polvorienta, las mariposas y los colibríes mantienen una coreografía natural, a veces es circular, y otras recta, suben y bajan en espirales animadas, las retamas hacen que todo esté teñido de amarillo, otras flores de distintos tonos hacen recrear un cuadro de Matisse. La calle principal desemboca en una plaza. Algunos niños juegan a cazar pájaros con gomeras.

La plaza es un descampado con un par de juegos. Los cuatro niños se nos acercan, son iguales. Son hermanos. Vemos un Club, cerrado desde el principio de los tiempos, en la esquina una casa con ladrillo visto, una puerta con una cortina y una escultura indefinida en la entrada. Parece un bar, tiene la puerta entrecerrada. Aplaudimos para ver si alguien sale, dos pavos, una gallina y un perro conwwwan.

Acometemos un nuevo intento para ver si podemos hablar con alguien, los niños se han ido, pero vemos otros más que cruzan por una calle inmersa en una enredadera. Una fila de patos se ve en la esquina. Algunos perros advierten nuestra presencia, sumado al escenario natural, las casas aportan su propio jardín. Más allá se oye el ruido de un motor, apresurados vamos al encuentro. Walter es el primer adulto que vemos, se alegra que estemos aquí. “Nadie ha venido a visitar el pueblo en años” Le preguntamos por el bar de la esquina de la plaza. “Seguro fue a buscar algo, pero ya viene” Nos advierte de la presencia de otro bar en el pueblo. “Pero ya casi está en Tres Arroyos” Volvemos sobre nuestros pasos y una imagen nos transporta a un sueño.

La estatua de un león rugiente, una reproducción de una Venus de Milo, un querubín, una pila de ladrillos muy viejos, algunos rosales, y una casa que conserva algún espíritu señorial, aunque venida a menos. En la esquina está el bar de Nancy. “Estuvieron en Tres Arroyos recién”, nos dice Arnoldo al referirnos que de la esquina para allá es aquel Partido y de acá para allá, es Gonzalez Chaves. Esas cosas tan propias de nuestro campo. Alrededor de una mesa hay tres hombres, la Nancy en el mostrador y un muchacho. “Es el arrimau de la Nancy”, hace treinta años que se conocen los que apuran un vaso de vino tinto.

La historia de los personajes de Vázquez acaso pinte el cuadro del pueblo. Son muy pocos los nacidos aquí, casi todos de Indio Rico, de Cristiano Muerto o de Lin Calel, el viento los ha ido amontonando en este jardín habitado, según cuenta la leyenda, la abuela de Nancy atendió el boliche 55 años. “No tenía lengua la vieja, tenía fuego” En esta pequeña comarca hay diferencias, románticas y de clase. “En Tres Arroyos hay cuatro casas, pero en cambio Vazquez es popular” En la Escuela asisten 25 niños. La casa de las estatuas es todo un tema. “La señora es medio rara, le gustan esas cosas del arte”
“Seremos 40, no?” Les pregunta Hugo, el arrimau de Nancy a la mesa de ilustres. “50 somos” concluye Arnoldo. Una bocanada de perfume a miles de flores se cuela por la puerta, también el motor de un auto. Hugo esconde el cigarrillo, entra su padre. Se siente y pide un vino. “Nunca me llamó la atención la cerveza”, pone distancia y recuerda la vez que estuvieron ocho días de fiesta con Héctor, el amigo de Arnoldo que hasta ese momento permaneció callado. “Antes laburabas una semana y estabas un mes de joda. En Vázquez somos así”

El camino se pierde en el horizonte, más allá de Vázquez, hay pampa, y acaso un molino mañero que desentona y quiebra esa alfombra infinita. Las voces del bar quedan atrás, también las retamas y esa embelesada fuente de aromas. ¿Habremos hablado con hombres o acaso el hechizo de las flores nos transportó a un mundo en donde algunas estatuas demasiado humanas cobran vida?

 

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