Por Leandro Vesco

General Villegas vive horas desesperadas, la entrada de agua al Distrito no cesa desde hace 16 meses y algunos pueblos ya no resisten más. Villa Saboya es una pequeña localidad de 500 habitantes que permanece aislada del entorno distrital y de la realidad en general, sin soluciones a la vista, los vecinos del pueblo arreglan como pueden el único camino que conducen a la escuela rural. “No queremos que los niños pierdan más días de escuela”, ruegan los vecinos que, con troncos y con lo que tienen a mano se hacen cargo de la difícil tarea de intentar ganarle al agua.

La realidad hídrica de General Villegas es un espejo de cómo la desidia y la mala gestión pueden provocar éxodo, atraso productivo y el quiebre del entramado social, cultural y familiar en comunidades que han sufrido desde siempre el abandono de los gobiernos municipales y provinciales. CharloneEmilio E. Bunge, Villa Saboya, Santa Eleodora, Santa Regina y Piedritas yo no recuerdan como es poder vivir en tranquilidad. Los pobladores de estas localidades han visto cómo su estilo de vida se ha modificado para siempre. El agua lo ha llevado todo, y desde que comenzó este proceso, muchas familias han tenido que irse de sus lugares en el mundo para continuar sus vidas en La Pampa o Santa Fe.

Desde que empezaron las clases mis hijos, una nena de 9 años y un nene de 4, sólo han podido ir a la escuela 8 días, porque es imposible salir por el camino; estamos aislados y en el caso de los chicos aislados de sus compañeritos, no pueden ir a cumpleaños ni realizar las actividades que hacen los otros niños en el pueblo”, relató a la prensa Roque Di Schiave, encargado de la estancia La Ernestina, donde vive junto a su familia. La realidad de los Di Schiave describe la fragilidad en la que viven cientos de habitantes, están a sólo veinte kilómetros de la escuela, pero esa distancia se dilata hasta el infinito cuando el agua aparece por todas partes. Sin ayuda municipal, e incomunicados, los vecinos deben unirse y tratar de solucionar el principal problema: la transitabilidad del camino. “Estamos a sólo 20 kilómetros del pueblo, donde está la escuela, pero no se puede salir, apenas podemos salir con un tractor para abastecernos. Las maestras envían por internet la tarea, pero en el caso de la nena está triste porque pierde el estar con otros chicos de su edad; ella está acá en el campo y teje y cose con su mamá, pero no es lo mismo, y para colmo tampoco pueden llegar a la estancia sus abuelos”

Desde que comenzó esta tragedia anunciada, Horacio Lorenzo, abogado y uno de los más comprometidos vecinos que lucha por mejorar la calidad de vida de los pueblos de su Disrito, ha cuestionado seriamente el manejo que se está dando al problema del agua. “Algunos pueblos de General Villegas pueden desaparecer. La provincia de Buenos Aires es la única que no ha hecho obras hídricas, La Pampa y Córdoba han canalizado y entonces nos hemos convertido en la puerta de entrada de toda el agua de ambas provincias. El problema acá es la poca tolerancia que tiene la gente a seguir aguantando esto“, afirmó. “El Gobierno Municipal está vinculado directamente con las necesidades y demandas de la comunidad, y debe desempeñar un rol clave en el mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes. La Administración Pública de General Villegas, centralizada históricamente en la ciudad cabecera, ha generado un desarrollo urbano y social desequilibrado en el territorio, con notable inequidad para las localidades del interior del Partido”, sostiene Lorenzo.

A la falta de obras, se le suma el modelo productivo elegido, y un cambio climático que acompaña las malas prácticas agrícolas. El agua entra por La Pampa, por Córdoba y ahora por La Picasa  (Santa Fe), desbordada, que ejerce una inmensa presión hídrica en toda la región. General Villegas, según el propio Lorenzo y varios allí que piensan igual, fue elegida para ser la puerta de entrada del agua para la Provincia. La decisión política fue clara: la provincia tardó 15 meses para cortar las rutas para que el agua escurriera, cuando ya todos los pueblos estaban bajo agua. Las perdidas han sido totales: la red vial rural del Distrito está destruida, han cerrado gran parte de los tambos y se estima en 5.000 millones de pesos las pérdidas agrícolas. La desigualdad con respecto a los habitantes de la ciudad cabecera es notable: los pueblos del Distrito no tienen clases ni médicos, que no pueden llegar a las salas sanitarias, el desamparo es total. “Hace unos días atrás se descompuso un vecino de un campo y la ambulancia se encajó, y hubo que tirar entre dos camiones para sacarla y lograr que llegara al hospital”, relata Roque Di Schiave

Acaso lo que más dañe socialmente es el hecho de que el agua dificultó el dictado de clases en las 32 escuelas rurales del Distrito. Los niños desde hace dos años ya no pueden ir regularmente a la escuela, pero en Villa Saboya no quieren entregarse tan fácilmente. “Vamos a ir junto a otros vecinos al camino y vamos a tirar troncos en los pozos que hay y luego los taparemos con tierra; nos van a ayudar otros vecinos que también están cansados de estar aislados”. Dentro de toda esta tragedia, hay un hecho positivo: los niños aprenden a ver cómo las soluciones deben ser producidas por ellos mismos, los políticos, mientras tanto, piensan en el armado de las listas para las próximas elecciones.