Cuando en la década del 70 del siglo pasado el mundo se enteró de que en algunos pocos años el petróleo que latía en sus entrañas iba a desaparecer más temprano que tarde, ninguno pudo ser capaz de predecir que la nueva fuente de energía iba a seguir estando en la tierra, pero no debajo, sino sobre ella. Porque en el nuevo paradigma de la energía apareció en las últimas décadas una palabra que será la rectora de la conducta de cada nación generadora de combustible: sustentabilidad. Esa cualidad de regenerar lo gastado sin costo para el medio ambiente deberán tener quienes suscriban los nuevos modos de producir energía: cultivándola para volverla biodiésel, biomasa o bioetanol, capturando la que desprenden los cauces de los ríos, acumulando la del viento o haciendo propia la que generan los rayos del sol.

La energía que va y viene
La mejor fuente de energía es el ahorro. Pero ante el aumento sostenido de la población mundial, deben surgir alternativas para luchar contra la generación tóxica de combustibles. Por eso, la producción agropecuaria se erige como la industria renovable más próspera para abastecer de materia prima a las plantas de producción de alcoholes (etanol) o de combustible verdes (biocombustibles). Con la Ley 26190, nuestro país se comprometió a un corte obligatorio de los combustibles fósiles (petróleo y gas natural) que progresará del 7 por ciento actual al 10 con que esa ley obligará a las empresas el año entrante a mezclar sus naftas. Eso al compás de una necesidad mundial de contar con recursos renovables. “Factores económicos y geopolíticos reactivaron el interés en obtener biocombustibles a partir de recursos renovables”, opina Daniel Grasso, coordinador del proyecto específico Desarrollo y Generación de Biocombustibles de Segunda y Tercera Energía para el siglo XXI, generación del INTA.
Jorge Hilbert, coordinador del Programa Nacional de Bioenergía del INTA, habla de la actualidad nacional en el contexto de un cambio energético. “La humanidad se ve enfrentada a un cambio de paradigma que radica en la diversificación de las fuentes de energía, con una preocupación creciente por los aspectos ambientales. El futuro energético es un abanico de distintas tecnologías.” El especialista indicó que el biodiésel de soja representa un ahorro de hasta el 82 por ciento de gases de efecto invernadero.
En los años 80, Argentina tuvo una incipiente industria de bioetanol, que se vio interrumpida por la crisis de los años del alfonsinismo. Hoy lo produce, pero lo exporta. En el aprovechamiento de ese recurso genuino descansará el futuro de la energía argentina para el siglo en curso. Será tentadora la demanda externa, como cree Carlos St. James, presidente de la Cámara Argntina de Energías Renovables, sobre todo en un país con un potencial tan grande y diverso como la Argentina. “El mundo inversor llegó a la conclusión de que los recursos naturales que se pueden convertir en energía limpia están en nuestra región. Y dentro de la región, la Argentina es quizá el país con los mayores recursos naturales. Por ejemplo, si uno ve un mapa eólico del mundo, nuestra Patagonia está entre los mejores lugares para desarrollar esa energía; si miramos un mapa de radiación solar, el NOA está entre los mejores para desarrollar la energía fotovoltaica. Mapas geotérmicos demuestran que debajo de nuestra cordillera andina hay muchísimo vapor atrapado para convertir en energía geotérmica. La cantidad de biomasa en la Mesopotamia es de gran abundancia, y como ya se ha demostrado, la pampa húmeda, con su abundancia de soja, nos ha ayudado a convertirnos en el cuarto productor de biodiésel del mundo y el primer exportador. Por eso hay una abundancia de capital mundial buscando invertir en energía limpia, y nuestro país tiene – una vez más – una abundancia de recursos naturales que volverlo uno de los más ricos del mundo en este siglo, el que se terminara llamando el  siglo de las energías renovables al ir desapareciendo los hidrocarburos”, arriesga el presidente de la cámara que agrupa a las empresas productoras de energía verde.
Además, la ley nacional que prevé un crecimiento del 6 por ciento en la representación de la matriz energética a partir de fuentes renovables, provocará, según los cálculos del organismo que preside James, inversiones por 5,5 mil millones de pesos. “Pero hay mucho trabajo que hacer para lograr que esa inversión quiera venir aquí; la mayoría de las inversiones de energía renovable van a Brasil y no -aún- a la Argentina.”

Latinoamérica y el mundo
Según datos de la consultora inglesa New Energy Finance, que coinciden con los de la holandesa WWF-Netherlands, la industria de las energías renovables creció en el mundo un 64 por ciento desde 2006, índice que en Latinoamérica se multiplicó hasta alcanzar el 145 por ciento. El aumento no es casual: se prevé que dentro de 30 años Europa cubra el 90 por ciento de sus energías comprándosela a otro países, pues estableció que en los próximos años el 21 por ciento de su electricidad provenga de fuentes renovables.
Según el comisario de Energía de la Unión Europea, Günther Oettinger, en 2020 el 10 por ciento del transporte europeo deberá moverse con energías limpias, porcentaje que trepará al 40 en los próximos 29 años. Tiene plantas de producción de biodiésel, pero carece de la materia prima que sobra en América Latina. A pesar de eso, la Unión Europea produce la mitad del biodiésel mundial. Pero el Viejo Continente no es el único en apuntar a las energías limpias. China se comprometió a reducir los gases de efecto invernadero un 45 por ciento y por lo tanto deberá achicar su consumo de combustibles fósiles para volcarse al grupo de las renovables.
“La industria de energías renovables es de las de mayor crecimiento del mundo en la actualidad: en 2010, por ejemplo, se invirtieron más de 211 mil millones de dólares en proyectos de energía renovable. La inversión crece a un promedio de 45 por ciento anual en los últimos cinco años. Rara vez se ve un crecimiento así en cualquier industria. En Latinoamérica, crece al doble: 91 por ciento en promedio por año en los últimos cinco años”, describe Carlos St. James, presidente de la Cámara Argentina de Energías Renovables.
De acuerdo con los cálculos del INTA, la Argentina tiene más de 20 establecimientos donde produce combustible derivado de cultivos. Sin embargo, tiene una cuenta pendiente: mientras las estaciones de servicio de Brasil despachan etanol desde hace años y lo hacen a mitad del precio que cuesta la nafta, nuestro país exporta sus líquidos verdes.

El dilema: comer o abastecer
En México improvisados manifestantes se la tomaron contra los grandes productores que venden todo el maíz al mercado que mejor lo paga: el de la bionergía, que acaparó la demanda al punto de dejar sin ese grano a los vendedores ambulantes que preparan el clásico taco, como si alguien demandara tanto maní que las ciudades dejaran de tener garrapiñadas o fuera imposible acompañar la cerveza con maní tostado. Ahora bien, ¿es cierto el temor a que el mercado opte por producir energías con los cultivos antes que volverlos comida?
“Es un tema muy importante de tratar, el de comida versus energía, pero la respuesta es no”, dice, categórico, Carlos St. James. “Actualmente la mayoría de los biocombustibles vienen de lo que se llama “primera generación”, o sea, materia prima comestible, o sea usar aceite de soja (como lo hace la Argentina), colza (como Europa), de palma (Colombia, Malasia e Indonesia). Sin embargo, el mundo se encamina hacia soluciones de “segunda generación”, o sea, hechos con materia prima no comestible: jatropha, pongamia, camelina, salicornia y microalgas, todos no usados para consumo humano. En etanol, se está transicionando al uso de enzimas para ese producto. Para Cristiano Casini, coordinador del área Agroindustria del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), el país puede lograr un equilibrio entre producir para comer y cultivar para energía. “De los 400 millones de raciones de alimentos que producimos, tomamos el 11 por ciento. Es decir, 44 millones de raciones para consumo interno; sobran 356 millones que pueden transformarse en alimentos o biocombustibles, según la demanda”, dice el hombre del organismo que estudia fuentes alternativas de bicombustibles y biomasa para bioenergía, que no compitan con la producción de alimentos (ver infografía “La Argentina verde”). “Debemos hacer posible el crecimiento de ambas demandas sin perjudicar la buena y económica alimentación de la población”, dice Casini.
Por añadidura, deberá pensarse en una política semillera inclusiva que no monopolice la tenencia porque sería una nueva – y más cínica- forma de conquista territorial. Se trata de los híbridos de semilla que los productores –grandes y chicos- deben comprar si es que pretenden competir en las grandes ligas de la industria agroalimentaria o venderla para producir energía verde.
 
Energía para todos
Aunque parezca una tendencia de producción a gran escala que ya puso en la calle motos eléctricas y autos deportivos que logran 400 kilómetros de autonomía, con una carga de seis horas en un enchufe casero, el mercado de la energía renovable está disponible, gracias a los trabajos de INTA e INTI, a escala doméstica: ya hay una heladera solar funcionando en Zerrezuela (departamento de Cruz del Eje, norte de Córdoba), generadores de gas a partir de residuos (Mendoza), instalación de colectores solares en viviendas sociales de Misiones, además de plantas fotovoltáicas (En Ullum, San Juan), la instalación que hizo la Universidad Nacional del Nordeste en Corrientes de paneles que autosostienen su consumo energético o las instalaciones de paneles en los edificios de Buenos Aires para calentar agua o los sistemas para calefaccionar piletas, la energía solar es, por gratuita y limpia, una gran alternativa que muchos pequeños productores usan.
La potencia eólica de La Rioja, que tiene en el Parque Eólico Arauco al más importante del mundo en su especie, con el que abastece al 20 por ciento del consumo eléctrico de su provincia, o sea, unos 30 mil hogares, es la muestra del concepto argentino en la generación de estas energías. “Queremos transformar a la provincia  en autosuficiente en su producción de energías”, dijo Luis Beder Herrera, el mandatario riojano, cuando en junio pasado inauguró el predio donde las aspas gigantes giran con el fondo de un cielo celeste.  
Eso en relación a las fuentes no tradicionales de energías renovables. En lo que respecta a la generación hidroeléctrica, el Ministerio de Planificación Federal trabaja con buenos resultados en el tendido interconectado de Alta Tensión. En 2003 había 9.083 kilómetros y en siete años esa cifra trepó a 11.712, o sea, un 28,9 por ciento más. A fin de este año serán 14.091 los kilómetros, apoyados en la mayor obra: el tendido Pico Truncado-Río Gallegos-Río Turbio.
Ahora que todos saben que el petróleo -a pesar de algunos nuevos yacimientos en el sur del país- va a terminarse en las próximas décadas -Repsol YPF anunció que en cinco años no tendrá más reservas de petróleo- y empezó la competencia por los recursos renovables, la Argentina se anotó para correrla: está entrenada para estar en los primeros lugares de los países que pretendan abastecerse y, al mismo tiempo, darle su verde energía al mundo.