Por Leandro Vesco

Una tarde Perón le dijo a Daniel Zoppiconi, el ilustre almacenero: “Yo tengo un solo problema en mi vida, y es que el pueblo me quiere”, callado y en silencio, el custodio personal de uno de los políticos más influyentes de Argentina nos cuenta historias olvidadas y anécdotas que vivió durante el año que le tocó estar al lado del líder. Desde entonces el Almacén Zoppiconi es mucho más que un ramos generales de importancia cardinal en Beruti, es un lugar en donde un pedazo de historia argentina descansa detrás de un legendario mostrador gastado por historias de todo un pueblo.

Nacidos para atender un almacén, en Beruti los Zoppiconi confirman esta condición abriendo todos los días este espacio donde las cuerdas de los relojes van a un ritmo que no sincronizan con el mundo real. Es una estirpe de hombres acostumbrados a posar la mirada en altas estanterías, a darle la razón a las salamandras en inviernos crueles, a oír las buenas noticias y en acompañar en las malas, en reconocer que sus clientes son parte de una familia y que aunque la oscuridad sea total, la luz del almacén debe estar prendida, contra viento y marea, ellos saben cuándo una cosecha viene bien o una helada tardía llevó los sueños de varios. El viejo Almacen Zoppiconi está abierto siempre. Lo saben sus vecinos que llegan a toda hora, lo saben hasta los perros que se aquerencian en la puerta. Beruti no sería igual sino estuviera esta vieja construcción que huele a años perdidos.

En 103 años jamás se ha cerrado por vacaciones”, aferrado a su puesto, el mostrador, nos comenta con una sonrisa Daniel, al lado de él, pegado como si fuera su sombra, su hermano, Quito, asiente. Hasta hace poco también acompañaba el padre, Don Osvaldo, pero la Ley de la Vida lo llamó y entonces el almacén perdió uno de sus pilares, a pesar de esto, los Zoppiconi no pierden el mando de esta nave en donde resisten cajones con especias, recados, sogas, clavos, verduras y pan. Una pechera de chorizo seco decora este escenario criollo donde está en exhibición natural, la identidad argentina.

La vida conserva un espíritu de lucha en el trabajo de estos hombres pioneros. Un almacén es como un faro que atrae y guía. “Por favor, me da un poco de nuez moscada que estoy haciendo chorizos”, reclama un gaucho con las manos curtidas. Daniel nos disculpa y saca de un cajón una bolsa milenaria, raciona con una cuchara y atiende al buen hombre que se ha enfrentado a la ausencia de la necesaria especia para continuar con la factura. “Sino abrimos la gente se pierde”, vuelve con nosotros.

Sin dudas el almacén es conocido por la oportunidad que tuvo el menor de los Zoppiconi en ser el custodio de Perón, al lado del salón de ventas Daniel tiene un pequeño y único museo con algunas pertenencias del caudillo justicialista, fotos originales, cartas de puño y letra, objetos invaluables y fetiches de la liturgia peronista. Aunque lo mejor es oír las anécdotas que tiene de Perón. Daniel aún recuerda la voz del General e imitándolo nos habla de los últimos días de él, nos convida a conocer el lado más humano del hombre que cambió para siempre la política argentina.

“Yo no podía separarme nunca de él. A la tarde en Olivos me preguntaba qué desayunaban los soldados de la guardia, yo le decía mate cocido mi general, y Perón me miraba resignado: pensar que les mando para que les den chocolate. Una vez me preguntó si comíamos carne, y le dije que cada muerte de obispo y me hizo decir que él un día de estos iba a pasar a almorzar con los soldados un asado. Pasaron varios días y le pregunté cuándo iba a venir y me dijo que me había mandado a decir aquello para que nos dieran carne. Me preguntó: ¿y han comido carne estos días?, le respondi: todos los días. Se puso contento y me dijo que siguiera diciendo que él iba a ir un mediodía de estos” Daniel Zoppiconi entra en un melancólico trance cuando habla de Perón. “Era una persona muy buena. Siempre me repetía, m´ijo, a mí me sobran huevos, pero me falta saludPerón era un grande de la cabeza, pero no del físico, reconoce quien fuera su custodio.

Daniel Zoppiconi junto a su hermano se ayudan para aguantar el siglo de historia que revive todos los días en este almacén que en las fechas patrias invita con chocolate caliente a los niños del pueblo. Una justa capa de tierra se amontona en las estanterías y en los rincones del boliche, es necesario que así seaComo si fuera un arca de noé criolla, el Viejo Almacén Zoppiconi se aferra a la ceremonia de la tradición, el pan continúa llegando todos los días y dentro de estas paredes se resguarda la memoria de un pueblo y de un pago chico. Los almanaques no pueden entrar a este templo, pues no sabrían qué año representar.

Afuera, el viento sopla y la puerta del almacén cruje, un lugar así sólo puede existir dentro del mapa de Argentina, donde la soledad es física, se siente como caricia, y el día la necesita. La historia en el Almacén Zoppiconi está viva. Mañana estará abierto. 

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